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Una odisea de esquí en la Patagonia.
Todas las fotos y pies de foto por Matthew Tufts.
A las 2:00 p. m. el cuaderno que utilizábamos para contabilizar nuestro consumo diario de mate, sobre el suelo de la carpa, ya marcaba media docena. La bitácora estaba hundida en la húmeda brecha existente entre los sacos de dormir, junto a cartas con las esquinas dobladas, gomitas que habían servido como apuesta, hojas de té y una bota de esquí desarmada.
Thor vació una bolsa rota de yerba —víctima de casi cien kilómetros de viaje sobre glaciar en pesados e inestables trineos— en un mate de calabaza y añadió agua caliente. Luego tomó su bolígrafo y añadió otra marca a la página del cuaderno. “¡Siete, un nuevo récord!”. Me volteé aún dentro mi agujereado saco de dormir y acepté el ofrecimiento.
Los Eagles sonaban por enésima vez a través del pequeño parlante del celular, cantando sobre un lugar imposible de abandonar. Le di un trago a la bebida caliente mientras Thor abría el vestíbulo de la carpa, con la esperanza de que nuestro objetivo de esquí fuese visible sobre el hielo patagónico.
Sin embargo, no se veía nada. Solo viento y un denso color blanco por undécimo día consecutivo.
Thor Retzlaff a la 1:00 a. m. durante el decimoctavo día, preparándose para descender la cascada de hielo ubicada bajo el paso Marconi, en plena oscuridad. Este fue nuestro último mate en el Campo de Hielo Patagónico Sur antes de regresar a tierra firme.
Conocí la cultura del mate durante el invierno austral de 2019, mientras esquiaba en El Chaltén, un pueblito tranquilo situado bajo la sombra de cumbres míticas en el sur de Argentina. El lugar cuenta con entre 1.200 y 3.000 habitantes, dependiendo de la temporada. El verano entre sus puntiagudas torres de granito suele convertirse en una peregrinación anual para los escaladores, marcada por el ritmo de largos ciclos de tormentas que los obligan a quedarse en el pueblo compartiendo mates y comiendo asado, con frenéticas escapadas a las montañas durante los notoriamente cortos periodos de buen tiempo. Por otro lado, las visitas durante el invierno son mucho menos frecuentes. Escalar en El Chaltén termina convirtiendo a los mejores alpinistas del planeta en meteorólogos especulativos.
Durante un viaje realizado con un compañero de esquí en 2022, logramos observar una impresionante cumbre en la frontera entre Argentina y Chile. El cerro Ambrosio, como luego supimos que se llamaba, irradiaba un encanto quijotesco que invitaba a esquiarlo. La gran dificultad era la distancia: había que atravesar casi cien kilómetros del Campo de Hielo Patagónico Sur, una árida e inhóspita extensión con un clima aún peor que el del famoso macizo del Chaltén.
En noviembre de 2023, Thor Retzlaff, uno de mis mejores amigos y compañero de esquí, me acompañó en una expedición sobre hielo por aquel lugar.
Nuestro estilo de esquí de travesía siempre ha sido una contradicción entre lo utilitario y lo decadente: cortamos las etiquetas y los cepillos de dientes para ahorrar peso, pero empacamos kilos de mate para disfrutar de la abundancia. Nunca llevamos crampones de esquí, pero sí que empacamos un buen juego de ajedrez. El exceso va en contra del sentido común cuando se trata de El Chaltén, un lugar conocido por sus ascensos rápidos y ligeros, que ofrece aventuras relámpago y que demanda rapidez y ligereza. No obstante, una hazaña de esa magnitud requería una mentalidad menos dominante y una lista de equipaje más exhaustiva.
Para ser más específico: 18 empanadas, 60 alfajores, más de 4 kilos de mate, casi 6 kilos de chipas (un pan con queso argentino en forma de pelota de pimpón), 3 kilos de mantequilla, 5 kilos de salame, 4 kilos de chocolate, 14 bolsas de gomitas escandinavas contrabandeadas, 120 sobres de electrolitos, 4 kilos de frutos secos y 60 comidas deshidratadas, todo empacado en dos duffels de 100 litros cada uno, cargados sobre trineos infantiles.
El pronóstico a corto plazo no prometía mucho. Y a largo plazo era aún peor. Pero como el buen tiempo no era algo que se podía empacar, optamos por llevar lujos de la vida en el pueblo a la tormenta con nosotros.
Ernest Shackleton es el autor de la famosa frase: “con resistencia conqustaremos”. La última parte no estaba en nuestros planes, pero, con toda certeza, sí que “bailaríamos bajo la tormenta”.
El legendario viento de la Patagonia, La Escoba de Dios, es ese amigo que siempre te acompaña; a veces susurrándote al oído, en otras ocasiones gritándote en la cara. Nos recibió con gentileza cuando alcanzamos la línea de nieve, cargados con mochilas repletas de equipo, pero esa bienvenida pronto se convirtió en algo insoportable. Seguimos adelante, impulsados por el entusiasmo que genera la cafeína, el optimismo nostálgico o la felicidad ignorante, gritando a través de la ventisca sobre el mejor plan para armar nuestra carpa.
Al final, utilizamos dos tornillos de hielo, cuatro piolets, cuatro bastones, una cuerda de 30 metros y dos esquís con ranura en T para asegurar nuestra nave espacial hecha de nylon antes de meternos en ella, cubiertos de hielo y con las botas aún puestas. Extasiados y delirantes, compartimos un mate bien caliente y empanadas desmigajadas. Ese fue, y sigue siendo, el mejor mate de nuestras vidas.
Por la mañana, una capa de escarcha cubría la carpa y la tormenta seguía arreciando. Aun así, el hielo por delante era relativamente plano. Calculamos que, con un gran esfuerzo, podríamos llegar a un refugio de investigación del que habíamos escuchado rumores; se decía que estaba ubicado en el extremo norte del macizo adyacente.
A nivel psicológico, la mente humana no sabe cómo lidiar con la “nada”. Se trata de una condición conocida como efecto Ganzfeld. Al exponerse a un campo de visión monocromático, como una capa de hielo en una tormenta de nieve, y a un estímulo constante de ruido blanco, como el rugido del viento, el cerebro inventa patrones y formas para llenar el vacío. No contábamos con una percepción real de la profundidad, por lo que nuestras mentes creaban sus propias pendientes. Contorneábamos barandillas que no existían e incluso pasamos unas doce horas en una borrosa escala de grises de la que surgían pendientes sutiles, trineos rodantes, un loop accidental de cuarenta minutos y una cascada de hielo que casi nos aplastó.
Justo después del ocaso, dos siluetas color naranja aparecieron sobre una elevación rocosa. Se trataba de la supuesta estación de investigación; cápsulas con forma de invernadero ancladas al suelo por encima del borde quebrado del glaciar O’Higgins. Cuando nuestras linternas frontales iluminaron la pendiente bajo el refugio, una docena de soldados nos miraron como si fuésemos extraterrestres.
El Refugio O’Higgins es un centro de investigación espectacular ubicado al límite del Campo de Hielo Patagónico Sur. La mañana siguiente a nuestra llegada, tuvimos un breve intervalo de una hora durante el cual pudimos observar todo con claridad. Apreciamos cuán lejos habíamos llegado, pero también cuánto nos faltaba aún por recorrer.
Un hombre mayor, de aspecto imponente, nos informó que su grupo era parte de un escuadrón de guerra de montaña en medio de una “expedición autónoma de entrenamiento militar”. Nos preguntó de dónde veníamos.
“El Chaltén”.
“¿Cómo?”.
Miré a Thor antes de responder con seriedad: “Argentina”.
Algunos soldados se rieron, conscientes de la geografía, pero incrédulos de que hubiésemos recorrido una distancia tan prolongada en aquellas condiciones.
De pronto, apareció una joven glacióloga en compañía de un guía de montaña chileno y nos explicó, con una sonrisa, que los soldados se encontraban monitoreando la estación durante dos semanas. No parecían muy entusiasmados de compartir el refugio con doce militares.
“Se supone que son autónomos, pero llegaron en helicóptero”, nos dijo, volteando los ojos. “Ni siquiera los esperábamos. En cuanto a ustedes dos, pueden dormir en la cocina".
Los soldados eran amables, pero suspicaces. Para ser justos, habíamos entrado a su país sin pasaportes. A pesar de eso, el interrogatorio que nos hicieron terminó cuando supieron que teníamos previsto regresar a El Chaltén. Su intención era escalar un prominente volcán ubicado al oeste, pero no deseaban exponerse al hielo abierto sin un pronóstico más favorable. Durante ese periodo, esquiamos con entusiasmo sobre una pendiente cercana y nos preparamos para la siguiente etapa de nuestro viaje.
“Los soldados piensan que ustedes están locos”, nos comentó la glacióloga mientras tomábamos mate. “Creen que, al final, tendrán que rescatarlos”.
Una hora antes de partir, escuché a Thor quejarse dentro de la tienda que habíamos montado fuera de la estación. Cuando me asomé para investigar qué había sucedido, lo vi sostener el puño de su bota con ambas manos. El plástico se había roto a la mitad debido al frío y las hebillas superiores colgaban dañadas.
Olvídate del río si no tienes un remo: una bota rota al recorrer una capa de hielo es como atravesar el paso de Drake sin timón.
Thor y yo compartimos la misma aceptación y apreciación por esos momentos en los que las cosas se ponen difíciles. A pesar de la gravedad de nuestra situación, nunca dudamos en continuar.
“Bueno, el modo de caminata todavía funciona”, me dijo, sonriendo burlonamente por mis ligeras botas de esquí de. “Estas todavía son más rígidas que tus pantuflas”.
Les dijimos a los investigadores que volveríamos en una semana más o menos y nos pusimos en marcha, atravesando el último crux de nuestra travesía de cien kilómetros, llenos de grietas, a través de la ventisca. Finalmente, montamos un campamento debajo de aquella cumbre que me había llamado la atención más de un año atrás.
El cerro Ambrosio cuenta con una especie de etéreo yin yang entre sus dos cumbres. La del este es una imponente masa de roca alpina y chimeneas de hielo; la del oeste, un escurridizo manto glaciar a menudo cubierto por nubes. Hay un imponente cinturón de seracs ubicado en sus flancos inferiores, protegiendo la atractiva y empinada cara sur sobre la que esperábamos esquiar más tarde, pero para eso tendríamos que atravesarlo primero.
Nuestra misión no era de ataque. Queríamos tomarnos el tiempo necesario para presentarnos a un amigo lejano. Así que, con suficiente comida y combustible para una semana, les dejamos el lenguaje de asaltos alpinos a los militares del refugio y nos preparamos para un largo viaje.
Doce horas más tarde, en medio de una ventisca y luego de tres rapeles a través del éter hacia el glaciar de más abajo. Mientras colgaba de la reunión por encima de Thor, saqué una cámara compacta cubierta de escarcha de mi bolsillo, con los guantes congelados, y tomé dos fotos desde la cadera.
Nuestra primera mañana comenzó con el cielo despejado, no obstante, tras solo una hora escalando, ya era evidente que esas condiciones serían pasajeras. En un momento dado, entrecerré los ojos para ver a través del espeso spindrift. La visibilidad había disminuido bastante rápido hacia el oeste y Thor ni siquiera pudo ver la tormenta que se avecinaba, a pesar de su ventaja.
“¡Thor!”, le grité, mientras un diluvio de placas de hielo afiladas como cuchillas se estrellaba alrededor de la delgada cuerda que nos unía. “¿Qué opinas?”.
“Creo que los escaladores de hielo son gente rara, amigo”, respondió, desprendiendo otra avalancha de hielo. “¿Quién se metería en esto si no fuese para esquiar?”.
Resoplé y me agaché bajo el borde de una fisura mientras otra lluvia de hielo caía a toda velocidad. “Dejémoslo así por hoy”, pensé, mientras Thor descendía hasta mi reunión mirando hacia arriba, a los seracs que se balanceaban. Decidimos esquiar de vuelta al campamento.
Cuando llegamos al circo bajo el cerro Ambrosio, construimos paredes de un metro de alto alrededor de la carpa; en tan solo unos días, una megatormenta y los vientos intensos elevaron la altura del suelo glaciar por sobre el techo.
Durante los siguientes días, observamos cómo casi metro y medio de nieve sepultaba el campamento. El primero en levantarse retiraba unos cuarenta centímetros de nieve polvo del vestíbulo. Sin embargo, a mitad de mañana, ya se había vuelto a llenar. No éramos más que un pequeño punto color naranja en una superficie blanca y plana que se extendía por kilómetros. Al final, la nieve terminó acumulándose por sobre las paredes que habíamos construido, supuestamente impenetrables, generando así la sensación de que nuestra carpa se encontraba en un agujero de casi un metro de profundidad.
Atrapados allí, excepto para cortas expediciones de excavación, encontramos algo de humor en nuestras tareas cotidianas. Inventamos un juego que consistía en rebotar chipas rancias entre raquetas fabricadas con cascos y polainas. Thor desarmó y reconstruyó el puño de su bota por completo, utilizando cuatro correas de esquí y prescindiendo de las hebillas.
Si la necesidad es la madre de la invención, entonces tal vez el aburrimiento es su padre.
Thor presume orgulloso su más reciente modelo de equipo profesional, cortesía de media docena de correas de esquí y varios días encerrado en una carpa.
La Patagonia es un lugar donde no te despierta el sonido del viento, sino el silencio repentino que queda cuando deja de soplar. Así que, cuando sonó la alarma a eso de la 1:00 a. m. de nuestro séptimo día en el circo glaciar, el clima que azotaba la carpa nos hizo volver de inmediato a nuestros sacos de dormir. Pasamos seis horas alternando siestas con revisiones del clima y tomando mates. Luego, cuando dieron las 7:00 a. m., silencio absoluto. A las 9:00 a. m. por fin salimos. La cumbre del Ambrosio estaba completamente oculta entre las nubes.
Avanzamos con rapidez a lo largo de la pared principal, con los seracs como guías a través del éter y hasta una rampa fácil de nieve polvo, consolidada y espumosa, antes de intercambiar los liderazgos técnicos sobre una variedad de grietas y cruxes. La escarcha en forma de plumas en el largo más empinado hizo que la escalada fuese gloriosa, pero también prometía dificultades para el descenso.
Sumidos en una visibilidad casi nula, avanzamos a ciegas por la arista, hasta que se fue aplanando y estrechando. Nuestra delgada saliente caía de forma precipitada hacia tres flancos, por lo que Thor revisó el topo en su teléfono.
“Creo que ya estamos en la cumbre”.
En condiciones despejadas, hubiésemos podido contemplar unos cien kilómetros en todas las direcciones, incluso tal vez vislumbrar los lejanos macizos de granito cerca de El Chaltén. Sin embargo, apenas éramos capaces de ver nuestras huellas detrás de nosotros. Tras abrazos y risas, nos preparamos para el largo descenso en esquí.
Thor se lanza hacia el tramo final del cerro Ambrosio, con estable nieve polvo sobre una rampa de seracs colgantes por sobre la pared principal. Un auténtico “corredor de los dioses”.
Los giros desde la cima fueron suaves, a pesar de que, en aquellas condiciones de ventisca, cada filo parecía conducir hacia el abismo. La pendiente se hizo más empinada a lo largo de aquel tramo de escarcha dura, así que hablamos con calma, tratando de darnos tranquilidad a medida que nos deslizábamos con delicadeza por el crux. A veces, esquiar con tanta inclinación se siente como desescalar una pared con los esquís puestos.
Pronto dejamos la arista atrás para llegar a la cara en sí misma. Nos encontrábamos en lo alto del Valhalla: una serie de rampas repletas de powder perfecto, parecido a un quarter-pipe bordeado por seracs, algo así como un auténtico corredor de los dioses. Gritamos y vitoreamos mientras realizábamos los mejores giros del día, volando por los aires sobre una pared de hielo antiguo.
Más abajo, tres rapeles expuestos nos separaban de nuestra meta. Mientras Thor descendía bajo los siniestros seracs, tomé un par de fotos con mi cámara analógica; ese familiar proceso me resultaba relajante, incluso aunque mi visor estuviese lleno de nieve.
Entretanto nos acercábamos al glaciar y nos preparábamos para esquiar hacia el campamento, Thor me pasó una bolsa de gomitas ácidas. Era lo primero que comía desde nuestra partida, doce horas antes.
“Supe que todo iba a salir bien la semana pasada, cuando mi bota se rompió”, dijo guiñando el ojo, mirando hacia la pared que habíamos dejado atrás.
Sonreí y me comí otro puñado de gomitas.
En algún punto entre el agotamiento y la euforia, disfrutamos de las cosas buenas de la vida fuera del Refugio Piedra del Fraile, en el último tramo de vuelta a casa: tierra firme, plantas verdes y (por supuesto) otro mate.
Al día siguiente recogimos el campamento e iniciamos el largo trayecto de regreso. Por primera vez, el viento soplaba a nuestra espalda. Nuestra relación con él pasó de la lucha a la aceptación y al aprecio. El amigable vendaval llenaba nuestras chaquetas de aire, como si fueran cometas, entretanto avanzábamos hacia El Chaltén.
El resto de nuestro viaje transcurrió en un aturdimiento constante por la falta de sueño, que potenciábamos con cafeína y gomitas ácidas, mientras recorríamos los laberínticos restos de avalanchas, los seracs, las grietas atravesadas por delicados puentes y las morrenas desmoronadas hasta las arenosas orillas de un lago. Desde allí, pudimos seguir un sendero de escaladores en dirección a la civilización.
Sentado en el suelo bajo una lluvia ligera, aún a horas de camino, pero ya en tierra firme, encendí una cocinilla y puse agua a calentar. En la mitología griega, la ambrosía era el néctar de los dioses, prohibido para los humanos. El vapor danzaba y silbaba mientras le pasaba la calabaza a Thor, que dio un gran sorbo al instante.
A diferencia de lo que pensaban los antiguos griegos, el mate está hecho para ser compartido.
Matthew Tufts
Matthew Tufts es un periodista de la zona rural de Vermont. En la actualidad, reside en Revelstoke, Columbia Británica.