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No sabes lo que es hasta que lo vives.
Todas las fotos y pies de foto por Matthew Tufts.
“Tal vez deberíamos considerar encordarnos de nuevo”.
Las últimas luces de un día gris se habían desvanecido desde hace rato. Everett y Tristan reían detrás de mí, mientras yo me esforzaba por salir de la grieta en la que me había hundido hasta los muslos. La falta de sueño suele hacer que las malas decisiones parezcan divertidas; ya llevábamos unos setenta y cuatro kilómetros y dieciséis horas de haber comenzado una aventura que ahora parecía bastante cuestionable, a la que decidí bautizar como “El castigo de las Selkirk”.
Siempre he abordado el running con un enfoque creativo, influenciado por mi trayectoria como esquiador. En el mundo del esquí, las rutas casi nunca están definidas de forma rígida, sino que son maleables. Uno va encontrando sus propias líneas, explorando el terreno mientras los sutiles contornos se van revelando en tiempo real. A menudo, trato de vivir esa misma experiencia con el running. Como era de esperar, los “senderos” y el “running” definidos de forma mecánica se han vuelto algo cada vez menos frecuente en mis itinerarios. La vulnerabilidad de viajar ligero, es decir, con un chaleco sencillo, un par de zapatillas, una capa de abrigo y la menor cantidad de equipo técnico, genera un profundo sentimiento de conexión con la naturaleza. El escuchar deja de ser una opción para convertirse en un imperativo. Cuanto más te acostumbras, más fluido se vuelve tu paso por terrenos complicados.
Moviéndonos rápido y lento al mismo tiempo. Unas horas más tarde caería la noche y nos veríamos forzados a saltar sobre las grietas con la única iluminación de nuestras linternas frontales.
El castigo de las Selkirk era tal vez la interpretación más libre del trail running que hubiese imaginado: una travesía de oeste a este por la cordillera de Selkirk, al norte de Revelstoke (Columbia Británica), que unía la “gran curva” del río Columbia, desde el lago Revelstoke al brazo oriental del lago Kinbasket. Las montañas Selkirk se caracterizan por un relieve escarpado y vertical sobre valles fluviales glaciares. La ruta que había propuesto pasaba por algunas de las cumbres más impresionantes de la cordillera. Estimaba que serían unos ochenta kilómetros, con casi cinco mil metros de desnivel en ambos sentidos.
Recluté a dos locales con mucha resistencia para que me acompañaran en la aventura: Everett Craig, un habitante de Revelstoke que solía pasar sus inviernos cuidando una remota cabaña en las Selkirk, y Tristan Kodors, un guía de splitboarding proveniente de Nelson (Columbia Británica). No tenían ni idea de en qué se estaban metiendo y, para ser sincero, yo tampoco.
Los acarreos y las placas nunca se sienten más fáciles de superar que cuando estás a punto de partir en dirección a un glaciar repleto de grietas. Everett y Tristan disfrutan de algunos kilómetros secos sobre roca durante el primer día.
Iniciamos nuestro recorrido a las 6:00 a. m. de una mañana brumosa, a finales de agosto. Tras completar casi cincuenta kilómetros de un camino forestal hecho de grava, nos pusimos nuestras zapatillas de correr y comenzamos la aventura fuera de los senderos oficiales. Entre risas, subimos por barrancos de cascadas y matorrales impenetrables, cruzamos un pantano y bajamos por un arroyo repleto de huellas de oso, hasta llegar a la zona subalpina. Nos encontramos con una densa niebla que ocultaba la mayor parte de la ruta por delante a medida que alcanzábamos el filo cumbrero desde el que contemplaríamos el glaciar subyacente. Sin embargo, descendimos con optimismo. Éramos un peculiar trío de corredores en shorts y chaquetas ligeras, unidos por una cuerda de 6mm, curiosamente caminando de puntillas alrededor de enormes grietas que resultaban casi imperceptibles bajo la luz plana.
Al caer la noche, nos encontrábamos completando el último descenso glaciar en dirección a donde teníamos previsto vivaquear. Salté sobre una grieta solo para caer hundido hasta las rodillas en otra. Sobresaltado, me sujeté de una cresta de hielo y tiré para sacar el pie, luego me sacudí el barro de las zapatillas mientras miraba el agujero oscuro. El monte Sir Sandford, que es la cumbre más alta de las Selkirk, se alzaba detrás de nosotros, custodiado por cascadas fragmentadas y paredes enormes. Respiré profundo y pensé en lo fácil que resultaría aquello con esquís, luego me levanté y seguí la luz titilante de la linterna frontal de Tristan, hacia el oscuro valle que se extendía debajo.
El refugio de Great Cairn es remoto, a menudo utilizado por escaladores que acceden a la región a través de helicóptero. Sin embargo, también funciona bastante bien para corridas locas y arriesgadas.
Justo antes de la medianoche, tras dieciocho horas de haber comenzado lo que fue nuestro primer día, llegamos a un remoto refugio para escaladores; nuestro punto de descanso. A nuestro parecer, la jornada había sido un éxito rotundo.
El día siguiente prometía un arduo recorrido a lo largo de un empinado lecho de arroyo repleto de vegetación y carente de senderos. Calculamos que aquel tramo complicado nos tomaría de cuatro a seis horas. Una vez superado, un difuso sistema de senderos alpinos nos llevaría a la salida oriental.
Resultó que aquello que habíamos identificado en el mapa como un “arroyo” era en realidad un rugiente río glaciar que atravesaba numerosos cañones. Durante las siguientes ocho horas nos aferramos a espinosos arbustos y vadeamos mares de ortigas, además nos picaron avispones mientras progresábamos por rapeles irreversibles, cuerdas flojas desde árboles caídos y trampolines de ramas resbaladizas. Avanzamos con lentitud por la ladera del barranco, recorriendo más kilómetros en vertical que distancia horizontal río abajo.
“No busquen las cascadas”, nos habían recomendado. Nadie dijo que no debíamos escalarlas.
Para mediados de la tarde, apenas habíamos cubierto casi diez kilómetros y teníamos los pies destrozados. A eso de las 4:00 p. m., notamos que no habíamos avanzado casi nada y decidimos abandonar, mucho antes de completar la travesía. Aun así, ninguno de nosotros sintió que habíamos dejado algo a medias. No buscábamos romper un récord ni ser los primeros en algo, sino simplemente vivir una experiencia: compartir algo inmersivo, vinculante y vulnerable. Al final, tomamos un desvío, sin ataduras, pero con los pies sobre la tierra, moviéndonos a través de las montañas de la forma más sencilla posible.
La mayoría de las cordilleras se vuelven más escarpadas a medida que se avanza sobre ellas, pero con las Selkirk era todo lo contrario. La ruta que habíamos previsto se iba complicando cuanto más nos adentrábamos en sus valles. Tras horas abriéndonos paso entre arbustos espinosos, alisos verdes, árboles caídos y ortigas, Everett decide realizar el primero de múltiples rapeles obligatorios por debajo de la línea de los árboles.
Antes de despedirnos del lugar, miramos hacia atrás, tratando de contemplar el camino que habíamos recorrido. Sin embargo, nuestra ruta a través de las empinadas laderas del valle era casi imperceptible entre la densa vegetación; era como si los arbustos se hubieran cerrado a nuestras espaldas.
El acceso a la zona rural de las Selkirk tiene un alto costo de entrada (y también de salida). Ocho horas a través de la densa vegetación dejaron su huella en las piernas de Tristan.
Matthew Tufts
Matthew Tufts es un periodista de la zona rural de Vermont. En la actualidad, reside en Revelstoke, Columbia Británica.