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¿O es que hay algún heredero en alguna parte?
¿Hay alguien por ahí? Esa era la pregunta. La extinción de Dave Rastovich al principio tenía otro título, El arca de Dave, nombre que se había vuelto un engañoso fracaso a medida que se acercaba la fecha límite. El arca estaba vacía.
El consumo ligado al estilo de vida que marca de forma indeleble nuestro tiempo y diversión es una sobrecarga para la supervivencia del planeta. Por sus acciones y creencias, el surfista es destructivo para los valores del pasado y las exigencias del presente. El 99,99 % de nosotros es culpable. La pizarra de las virtudes del surf, definida por los pensadores dominantes de la década del setenta como el estilo de vida que marca el futuro y el acto evolutivo que no deja rastro, hoy ya no es otra cosa que un montón de tiza borrada. ¿Existe en la historia un movimiento hedonista paralelo que sea tan deliberadamente inconsciente de su dañina insensatez? La ironía de los surfistas: por sus hábitos cotidianos son los más limpios de la raza humana, pero también los más sucios.
Un surfista hecho para una era más planetaria... Pero aún necesitamos más Daves. Foto: Andrew Buckley.
A principios del setenta, el maestro del blues John Mayall viajó a Los Ángeles para grabar el álbum USA Union. Le tomó unas cuarenta y ocho horas, desde la composición hasta la grabación y la mezcla. La integridad del sonido fue insuperable. Hasta 1973, el álbum alimentó la contracultura del surf con una canción en particular que incidía mucho en la conciencia ambiental del blues. En aquel momento, era la mejor canción del blues ecológico jamás grabada. Puede que todavía lo sea. Como se puede leer, la magnitud del problema nunca llegó a abordarse.
LA NATURALEZA ESTÁ DESAPARECIENDO
El hombre es una criatura asquerosa
Violando la tierra, el agua y el aire
Mañana podría ser muy tarde
Ahora es el momento de que te des cuenta
La naturaleza está desapareciendo
La muerte contaminada se acerca, ¿acaso te importa?
Basura cuyo destino es ninguna parte
Pronto los vertederos llegarán hasta tu puerta
Nada vive ni crece como antes
La naturaleza está desapareciendo
El mundo que das por sentado pronto ya no estará
Aprende acerca de la contaminación
Haz que los fabricantes pasen un mal rato
Sabotea el mercado
Envases que no son retornables
Aluminio, vidrio y plástico
Residuos eternos e indestructibles
Somos una generación
Que puede vivir lo que le corresponde
Pero cuando se trata de nuestros hijos
Nacieron para sofocarse en lo peor del ser humano
La naturaleza está desapareciendo
Y somos los culpables de este horrible crimen
The Gannet va tomando forma en un cobertizo abierto, en la parte trasera del hogar de Dave, en la costa norte. Foto: Andrew Buckley.
Dave estaba allí, junto a The Gannet. Tomó su típico paseo desde el cobertizo antes de almorzar, a lo largo del arroyo durante la mayor parte del camino. Una vez en la cocina, preparó una comida equilibrada, sin prisas, luego tragó los alimentos con calma, después de haberlos masticado bien. Como dato curioso, a diferencia de las largas sesiones de surf matutino, que funcionan como aceleradoras del apetito, las largas horas lijando el casco de un catamarán reciclado tienen el efecto contrario, pues el polvo se infiltra en el cuerpo como una nube de niebla tóxica. De todos modos, con hambre o no, e intoxicado o no, el cocinero me sirvió a mí primero, antes de sentarse a la mesa. Un gran anfitrión, debo decir, aunque por poco tiempo.
No estaba bien interrumpir su hora de comer, así que fui directo al grano, se trataba de una charla breve para averiguar acerca del aparente heredero. ¿De verdad existía?
No es que se apresurase a contestar mi pregunta, pero mantenía una actitud de silente expresión. Los segundos pasaban. Diez, veinte, acentuados por el lento masticar. Algo se me pasó por la cabeza. Un nombre. Jack. Jack McCoy. ¿Dave estaba sopesando nombres o contando con la boca llena? Podía escuchar la fuerza de la voz de Jacko, veinte años atrás, resonando en una cantina chilena casi vacía, ubicada junto al mar, mientras se tomaba su tiempo para terminar la pesca del día. Los tres estábamos allí por Blue Horizon, la película. Jack se levantó, emitiendo un sermón lento y fuerte, intencionalmente sincopado.
“Masticar-treinta-veces-por-bocado-es-bueno-para-el-estómago, hermano”.
Es posible que Dave haya contado cuántas veces masticaba la comida desde entonces. Tal vez no. Al final, decidió contestar mi pregunta.
“No se me viene ninguno a la mente”.
Ya en sus cuarenta y tantos, las líneas puras y limpias de Dave siguen siendo clásicos de la modernidad. Foto: Nathan Oldfield.
Future Shock era un libro que trataba del futurismo global; lo escribió Alvin Toffler y se publicó el mismo día que USA Union. Aprovechando la agitación social, tal vez incluso la revolución, pasó más tiempo en la lista de los más vendidos del New York Times que cualquier otro libro de los setenta. Esta estadística en particular fue bastante relevante. En esta obra, se elogiaba a los surfistas por evitar “el shock del futuro” al hacerse a un lado para derrotar al auge del desplazamiento tecnológico y crear vías diferentes. Era bastante simplista. A principios de esa década, los Daves abundaban, logrando la sostenibilidad de un estilo de vida alternativo, aunque un buen porcentaje de ellos evadía los problemas gubernamentales y urbanos, solo para cultivar marihuana y alcanzar el éxito. Al final, fue necesaria la presencia de una migrante estadounidense, Marsha Connor, quien introdujo el pragmatismo diario que esos Daves necesitaban. Fue pionera de la sostenibilidad diaria necesaria en ese entonces gracias a su bolsa de granola, nunca antes vista en Australia. No solo logró capturar el momento, el lugar, el estado de ánimo y la necesidad, sino que también consiguió empaquetarlos... De manera impermeable. Los surfistas solo tenían que llevar su bolsita y añadir leche para disfrutar sin problemas de un día entero surfeando.
Con o sin razón, ellos eran los símbolos del futuro; un faro del mundo occidental, ya sumido en nerviosismo. Justo cuando su estilo de vida alternativo comenzaba a influenciar al resto de la población, la teoría de Toffler se vio desmantelada. Una minoría de la tribu mundial adepta al surf asestó el golpe más duro. Fue incluso irónico. El surfista más liberal e intelectual de todos los tiempos, Fred Van Dyke, del Punahoe College, en Oahu, le dio forma al Smirnoff Pro Am en Sunset Beach, un evento con gran cobertura de los medios de comunicación norteamericanos. Este fue el engranaje metafórico que hizo que el prototipo de surfista profesional y el predominante soul surfer se enfrentaran. Los dos exponentes más representativos de este fenómeno entre 1969 y 1978 fueron aquellos con las líneas más limpias y subestimadas de todas. Ambos con la misma insignia: un surf perfecto desde el fondo del tubo; eran Gerry Lopez y Wayne Lynch. No predicaban el surf profesional competitivo como idea futurista y, al menos, tuvieron influencia sobre una parte de la mayoría silenciosa. Incluso si se inclinaban por surfistas a los que se les pagaba por surfear, ¿qué podía salir mal?
Las mascotas. Foto: Andrew Buckley.
El martillazo de la masividad terminó llegando de forma repentina. Mike Hurst, periodista deportivo de Sídney, creó un grupo en extremo patriota llamado The Bronzed Aussies. Luego aprovechó la aparición del corredor plusmarquista John Walker en la versión local del ES Marks Field y envió al equipo a la pista para dar una vuelta caminando antes de la carrera principal. Esto fue a mediados de enero de 1977. Caminaron ante miles de personas, pero no como surfistas desaliñados, sino como superestrellas, envueltos en enteritos rojos ajustados, hechos de terciopelo. Así que allí estaban: el campeón mundial Peter Townend, el campeón de la Copa Mundo Mark Warren y el grandulón parecido a Jack Thompson... Ian Cairns. Sonrieron, saludaron y obtuvieron una cálida reacción, similar a la de las chicas que llevan cuentan los rounds en un ring de boxeo. Hurst apareció en los medios a la mañana siguiente, pero la polémica continuó más allá. Las revistas Tracks y Surfing World se vieron forzadas a estar de acuerdo en una cosa por primera y única vez: condenar lo que consideraban una falsa pretensión. The Bronzed Aussies no representaba al surf en su conjunto. Y, sin embargo, en última instancia, sí que lo haría hasta el día de hoy.
En 2021 escribí un artículo para The Surfers Journal, titulado Evolver 100; se trató de un intento de redención en el que enumeraba a los mejores representantes de lo que consideraba el surf ideal, según un ranking. Géneros, capacidades, disciplinas del cuerpo a la tabla, todo incluido. La prioridad se centró en la huella ecológica. La razón fue la siguiente: en el análisis de costos/beneficios ambientales, esta era clave para devolver a los surfistas una relevancia planetaria positiva, volviendo a Toffler. Los surfistas del circuito profesional no lograban llegar a los cien puntos. Steph Gilmore, John Florence y Jordy Smith aparecían en la lista. Kelly Slater fue el único competidor activo por delante del “surfista desconocido” que se ubicaba en el decimotercer lugar. Con esperanza, el número trece era la maravilla por descubrir, alguien que tal vez se recluía en la autosustentabiliad cerca de un pointbreak de arenas firmes que funcionaba todo el año al final de un denso bosque lleno de barro, surfeando con estilo las líneas altas, con un equipo antiguo, pero a prueba de balas, lo que tiende a idealizar a un heredero de Dave... En algún lugar.
Para Dave, el resultado nunca estuvo en duda. Torren Martyn quedó en segundo lugar. Entonces surgió un pensamiento llamativo. La edad promedio en la lista hasta el número trece era de cincuenta y cinco años. Algunos tenían más de ochenta, como Frye, Munoz y Chouinard. Esta es la escala de Dave en relación con otros surfistas. Pero también se debe considerar la falsa economía de un tren industrial que ha corrido en el sentido contrario durante cincuenta años. Ese “sentido contrario” comienza con la fabricación y desecho masivos de tablas de surf, seguida de cerca por el transporte aéreo industrial y la eliminación de residuos. Ningún surfista que se considere preocupado por el medioambiente puede escapar de esto si se suma al consumo intensivo de la industria... Ni siquiera Dave o el aclamado fabricante de tablas Gary McNeill.
Ser “verde” significa también ser austero, lo que a su vez significa ser local, que significa al mismo tiempo evadir en todo lo posible las cargas industriales. Ese “sentido contrario” no es más que el rugir de las gigantescas administraciones privadas y públicas, profesionales y amateur, que dictan sistemas de creencias arcanos en los un viaje por tierra o aire avanza en paralelo a la negativa mentalidad de rebaño darwiniana. El “sentido contrario” proviene de los clubes de surf que condicionan a los jóvenes a atacar desde el interior, el principal delito de la mayoría de los lineups.
El wombat acuático. Foto: Trent Mitchell.
Así que allí estaba Dave, a quien el paso del tiempo ha convertido en un vestigio del pasado, una paradoja del siglo XXI, una chispa de lo que pudo haber sido.
Una novela académica de hace un siglo planteaba la posibilidad de que Robin Hood hubiese sido un protector de los pueblos, en lugar de un vagabundo fugitivo. Es muy probable que una persona así existiese en la región del bosque de Sherwood, pero no como Robin de Loxley, y seguro que tampoco con una alegre pandilla acompañándole, tampoco con una doncella Marian. Es más factible que fuese un joven semianalfabeto de cierta complexión física que, habiendo dominado el arte del bastón, lo hubiese utilizado para impedir que los cruzados hambrientos arrasaran las puertas de la aldea en su viaje de regreso, donde los caminos que conducían hacia el norte, desde Londres, pasaban muy cerca. Esta figura era humilde, resuelta y muy habilidosa. Surfeó profesionalmente durante décadas sobre el modelo de The Bronzed Aussies, dominando las inyecciones de conciencia como bases atléticas. Pero ninguna de ellas se compara con las inyecciones de objeción de conciencia frente a las consecuencias ambientales injustas.
De un total de diez millones de surfistas, solo dos millones son competentes, es decir, son lo bastante buenos como para saber surfear con una técnica, ya sea buena o mala. De ellos, digamos que unos trescientos mil (una estimación conservadora) actúan como depredadores alfa del surf, abriéndose paso entre la manada en un neodarwinismo antropológicamente estricto. Esto es un ejemplo de la carrera de la humanidad hacia el abismo. Criados de forma genérica por la educación comunitaria, sin importar el país o lugar (con la excepción de Makaha), este estado mental transversal e intercultural se refleja quizás mejor en un visitante cualquiera que llega a cualquier ola para convertirse en un sociópata no diagnosticado al entrar en el agua para atacar una y otra vez, de nuevo desde lo más profundo del lineup, mientras se revuelca en su propia suciedad. ¡Ups! Olvidé la advertencia de género. Todos hombres a partir de los trece años. Un surfista entre dos millones actúa como defensor supremo del surf en múltiples frentes.
Dave, el guerrero pacífico. Foto: Andrew Buckley.
Muy pocos surfistas, ni siquiera el propio Dave, salen indemnes. Compensaciones y más compensaciones lo elevan positivamente en el ámbito ecológico. Su fama no solo impulsa la doctrina socioeconómica de Patagonia como empresa, sino también la de los fabricantes de otros productos. En primer plano se encuentra Gary McNeill, cuya producción con Dave es inevitablemente transnacional, y lo ha sido durante décadas. En comparación con su mentor, Dirk Van Straalen, llega a esa categoría gracias a su filosofía artesanal y su experimentación. La huella de Dave en cuanto a decisiones duras pero necesarias se ve afectada por factores secundarios en el nivel más básico: el transporte de cargas, pero también por la proporción de materiales no revolucionarios utilizados en la producción de tablas que incorporan un tejido de lino en conjunto con McNeill, que también cuentan con un porcentaje de espuma reconstituida. Luego está el porcentaje de tablas de producción estándar, fabricadas para el mercado, sin el nombre de Dave, pero en definitiva influenciadas por el sello de su equipo.
De vuelta a nuestro almuerzo. Rememoramos el pasado de Dave: su salida de Nueva Zelanda durante la primaria, su etapa como novato destacado frente a Grant Hackett, nadador de aguas abiertas del mismo club; su exposición a la técnica experimental de remar de rodillas; ser el chico surfer que triunfaba en Bali y que por poco ignoró al extraño adulto en conjunto Nike que paseaba por la playa y que terminó siendo Dick Van Straalen, el mítico diseñador de Burleigh a quien había admirado por varios años.
Entonces, en respuesta a mi pregunta original, Dave lanzó un nombre. “Ya tengo a alguien, una heredera. Ruby Southwell, de Sunny Coast. Hicimos (Dave y su compañera Lauren) un gran podcast con ella, fue de los mejores. De hecho, me recuerda un poco a Steph. Estaba en un campamento de surf, en un pueblo, cuando empezaron las cuarentenas por la COVID. Eso cambió su vida. Al final, se adaptó a las nuevas costumbres, incluso aprendió el idioma. Defendió a los surfistas del pueblo cuando los turistas comenzaron a regresar. Los primeros en llegar se alegraban de lo genial que era encontrarse en un lugar sin multitudes. Sin embargo, Ruby fue clara al decirles que ellos eran la multitud”.
Sin presión, Ruby. Tal vez El arca de Dave aún pueda llegar a existir.
Esta historia fue publicada por primera vez en Roaring Journals.
Tal vez el próximo Dave Rastovich sea la primera Ruby Southwell. Foto: Jack O’Grady.
Derek Hynd
Derek es un surfista, escritor y transformador cultural cuyo impacto ha sido profundo en todos los aspectos del surf durante cuatro décadas. Su forma de surfear y sus comentarios siguen desafiando el estado actual del deporte. Vive a las afueras de Byron Bay, en Australia.