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Puntadas en el tiempo

Brad Wieners / 5 min de lectura / Worn Wear

Cada vez que se repara, esta camisa se vuelve más original, pero aún guarda los recuerdos del autor.

Se me hace difícil guardar recuerdos separados de las fotografías que los registran. Esto lo aprendí durante las visitas a la casa de mi abuela bastante tiempo después de haberme cambiado de ciudad. Algo aburrido durante unas vacaciones, me puse a hojear sus álbumes de fotos, las instantáneas de la Kodak Instamatic estaban pegadas por las esquinas sobre una gruesa cartulina negra, la ocasión escrita a mano con tiza. Con el paso del tiempo, lo que recordaba de navidades y cumpleaños, de cocinar pasteles de lodo y construir ciudades de Matchbox, de las caminatas por la playa y de saltar de una roca a la otra para cruzar un arroyo, todo eso venía de lo que veía en esas fotos. Hoy en día, décadas después, hay filtros en mi teléfono para simular la luz y la emulsión de esas impresiones, y es el crecimiento de mis hijos lo que ha empezado a disolverse desde vívidos recuerdos a pixeles. Y justo en la frontera de lo que realmente recuerdo de sus primeros años y aquello que solo recuerdo porque fue fotografiado, hay una sencilla camisa a cuadros.

“Bajo el Hibisco, mirando el cielo”, ese fue el texto que mi esposa usó para esta foto en Facebook, en 2008. Foto: Mary Ashley

Habíamos estado jugando con agua en el aspersor—se puede deducir por mis shorts empapados. Me había tocado ser un oso o alguna otra bestia cuadrúpeda deambulando por el césped mojado, el más pequeño de los niños colgando de mi cuerpo, el hermano corriendo a su rescate y rápidamente estábamos los tres amontonados. Los niños tienen dos y un poco más de tres años. Les encanta que los persigan y les hagan cosquillas como si fueran un par de cachorros traviesos. Ahora estamos descansando, cerca pero cada uno en su propio mundo. Estamos en el patio de la casa que queríamos cuando nació el primero, esa que pensamos que nunca podríamos costear pero para la que encontramos una forma de hacerlo. De repente ya eran dos. Para ese entonces ya había tenido la camisa por un par de años, pero esa imagen es lo que recuerdo. Doce años después, el más joven dice, “Sí, la usabas todo el tiempo cuando yo era chico”.

En 2020 se la traje a los elfos de Worn Wear, el servicio de reparaciones gratuitas que Patagonia ofrece en su locación original en Ventura, California, entre otras direcciones. “¡Vaya si les tengo un desafío!”, le dije a Colby, el alegre “técnico” que me encontré al otro lado de la mesa. Sostuvo en sus manos la prenda de manga corta y sonrió, leyéndome claramente desde el otro lado del panel.

¿Le dije que esta era la segunda vez que desafiaba a Patagonia a salvarla del cajón de los trapos viejos?, ¿qué la tienda de SoHo, en Nueva York, ya la había resucitado milagrosamente una vez? Naturalmente. Para mi alivio, esto parecía funcionar: le gustó el desafío y esta suerte de duelo intramuros.

Colby también quiso complacer mi vergonzoso afecto por esta camisa escuchando pacientemente el sentimental resumen de todo lo que habíamos pasado juntos. Acordamos que esta vez podría ser ya un poco tarde, lo que llamamos una situación de veamos-qué-podemos-hacer. Luego, Colby y los elfos reparadores tuvieron que cerrar el local debido a la pandemia y yo me preguntaba si alguna vez volvería a ver mi camisa.

Delgada como un panqueque, se sentía más como lino irlandés que un tejido de algodón orgánico y había visto un montón de uso durante los bochornosos veranos de Nueva Inglaterra… por ejemplo cuando me tocó ser el ingeniero en jefe subrogante de Lobstrania, nuestro mundialmente famoso castillo de arena en Maine (no me digan que nunca escucharon de él). Y no olvidemos nuestras primeras interacciones con Lucky, el fuerte de arena adornado con estrellas que se construía al principio de cada vacación justo a la orilla del agua. La camisa a menudo olía a lo último que había asado en la parrilla. Por suerte se secaba rápido también: La tenía puesta cuando un motín de todos los primos del Lucky terminó con un chapuzón en la marea alta del arroyo. Tío.

Como le dije a Colby, la camisa me acompañó en algunos viajes memorables—como aquel que hicimos junto a la madre de los niños para que nuestro matrimonio sobreviviera. Nos estábamos perdiendo el uno al otro bajo el mismo techo, presentes casi exclusivamente para ejercer la crianza compartida, por lo que nos inscribimos como compañeros de relevos en una carrera de aventuras en tres deportes en Nueva Zelanda. Al principio, con los preparativos de la carrera, nos vimos aún menos. En mi primer rápido Clase II, casi me ahogué y perdí mi anillo de matrimonio—no era ese el simbolismo que buscaba. Aún así, fue genial compartir una pasión que no fuera enseñarle a los niños a ir al baño. Cuando llegamos a la Isla Sur de Nueva Zelanda, tuvimos que hacer arreglos para conseguir soporte durante la carrera y aclarar bien el trayecto. Parte de él eran senderos que no estaban en el mapa. Otro tanto eran aguas blancas. ¿Los kiwis?, ¡una dura competencia, compadre! Algunos incluso parecían carneros merino.

La carrera Speight’s Coast to Coast atrae a criaturas de todas las especies. Sí: el cuadrillé es para saltar en bungee, todos saben eso. Nueva Zelanda, Febrero 2010. Fotos: Chris McLennan; cortesía del autor, A.J. Hackett Bungy.

Julio 2020. Corona aquí y Corona allá. Una llamada telefónica de la nada, una invitación a pasar por la tienda de Ventura, también conocida como Great Pacific Iron Works. Tu camisa está lista para retirar en la acera. Pronto estaría de vuelta en mis manos. Más tarde está de nuevo sobre mi espalda. Llama la atención, pero a mis ojos tiene más estilo que nunca antes.

Mejor que nueva. Foto: Tim Davis

No sabía hace 16 años, cuando la compré, que eventualmente trabajaría para la empresa que la fabricó. Ahora en Patagonia estoy bien versado en las virtudes ecológicas de la reparación. Cómo ayuda a mantener la ropa fuera de los vertederos, reduce el despilfarro (especialmente del uso de agua fresca) que viene con la fabricación de más ropa de la que la mayor parte de nosotros jamás vamos a necesitar y reduce las emisiones de carbono.

Junto con reciclar, reparar es un elemento fundamental de la “circularidad”, la palabra de moda en el mundo de los negocios para mantener todo tipo de materiales vírgenes en uso. ¿Qué pasaría si ya no necesitáramos perforar, minar, talar ni extraer tanto? ¿Qué pasaría si en su lugar encontráramos formas de seguir reutilizando lo que ya cosechamos? Excelente idea. Pero si la circularidad va a reemplazar a nuestra cultura del consumo desechable, se va a requerir un cambio de mentalidad. Vamos a tener que ver lo reciclado como mejor que nuevo, vamos a tener que pagar por algunas cosas—las mismas cosas—más de una vez. ¿Lo haremos? Si la reparación de Colby no hubiera sido gratuita, ¿habría pagado por ella? Sí, tal vez.

Sin embargo, si soy honesto, la razón por la que pagaría es más egoísta que virtuosa. Colby y el equipo de Worn Wear no repararon una camisa, ellos me salvaron de volverme loco. Esa camisa mantiene a mis hijos pequeños jugando en mi imaginación

Perfil de autor

Brad Wieners

Brad es el director editorial de Patagonia