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Los regalos del bosque

Zofia Reych / 10 min de lectura

A veces, soltar es la única forma de hacerse más fuerte.

Todas las fotos por Cristina Baussan

La luz de la mañana emitía destellos color rosa y melocotón a través de la neblina sobre la polvorienta superficie de las Montañas Cerderberg, en Rocklands, Sudáfrica. Sabía que el paisaje era hermoso, pero me sentía incapaz de disfrutarlo.

Corría 2017 y ahí estaba yo, de pie frente a un bloque de roca de tonos naranja repleto de perfectas regletas a lo largo de sus fisuras horizontales. La mayoría de mis amigos ya lo había escalado y continuado su recorrido, cosa que yo también debería haber hecho para ese momento. En lugar de eso, volví durante cinco días seguidos para intentarlo nuevamente, cerrando la mano una y otra vez sobre un agarre con forma de diente de tiburón en el crux del problema. Recuerdo haber sentido dolor y un sonido extraño proveniente de uno de mis dedos, pero decidí ignorarlo.

Por fin conseguí la manera de llegar al final, solo quedaba un movimiento por ejecutar. Un grupo de observadores que pasaban por el sitio fueron solidarios y entusiastas al animarme a continuar, así que alcancé el último agarre, una manilla de la que era imposible soltarse. Mis dedos pudieron tocarlo y cuando todos pensaban que lo iba a lograr, caí al suelo. El lamento colectivo que escuché a mis espaldas me hizo sentir que no merecía estar ahí.

De hecho, ya durante un tiempo había estado sintiendo que no merecía estar ahí en lo absoluto.

Agradecí a mis espectadores y les pedí que continuaran su camino, no quería que nadie presenciara tan lamentable espectáculo. El problema era que me encontraba justo al inicio del sector, por lo que muchos escaladores pasaron junto a mí, pero ninguno se detuvo, posiblemente a causa de mi actitud negativa. Cada vez que avanzaban, respiraba con alivio.

Intenté una y otra vez, mientras que mi cerebro daba frenéticas vueltas en círculo y la articulación de mi dedo seguía provocando ese molesto sonido. Luego apareció un dolor agudo seguido de entumecimiento por la palma de mi mano, lo que me hizo aterrizar.

¿Era decepción lo que sentía cuando comencé a llorar? Estando herida, al menos tenía una excusa para mi mediocridad.

El bosque de Fontainebleau se ha convertido con rapidez en uno de los destinos turísticos más populares de Francia, lamentablemente también ha pasado a ser víctima de su popularidad. Por suerte, en los últimos años se ha estado imponiendo el uso de prácticas recreativas sostenibles, lo que trae esperanzas para el futuro del lugar.

Helen Dudley asegura a Zofia Reych. Helen, una querida amiga de Zofia y veterana escaladora inglesa, ha hecho de este sitio su hogar, tal y como muchas otras personas provenientes de todo el planeta.

Al poco tiempo de regresar de Sudáfrica visité a un doctor en Polonia para una consulta que no tenía nada que ver con la ruptura total de la polea A2 de mi dedo. La sala de espera en aquel recinto del centro de Varsovia era pequeña, pero elegante; contaba con un sofá de piel sintética bajo un reloj de estilo industrial. La voz de la recepcionista, cuya calma me resultaba fingida, sonaba para mí como si todos en el lugar pensaran que necesitaba una camisa de fuerza. Fingí leer una revista de la mesita de centro y luché contra el creciente impulso de abandonar esa sala, cuando de repente abrieron una puerta y dijeron mi nombre.

La oficina era sencilla y cómoda; impersonal, pero no clínica. El doctor usaba una camiseta a rayas y un pantalón de mezclilla, podía observar también su antebrazo tatuado parcialmente escondido detrás de su laptop. Parecía muy normal, por lo que yo también me sentí de esa forma. ¿Para qué había ido a ese sitio? Otra vez sentí el deseo de escapar, pero me las arreglé para evadirlo. No era mi primera consulta médica, pero sí la más reciente dentro de una serie de reuniones con profesionales de la salud para hablar de mi diagnóstico; cada vez me había sentido un poco menos fuera de lugar, pero ese día no era así.

Respondí de forma mecánica a todas las preguntas del doctor. Tal vez esa sonrisa cómplice que percibí en su rostro solo fue parte de mi imaginación; como si él viese algo muy evidente en mí que otras personas no podían ver. A decir verdad, yo también lo veía. Su diagnóstico fue más una confirmación que una revelación.

Mi trastorno de espectro autista, jamás controlado hasta ese momento, había generado un pronunciado desequilibrio que me tenía al borde de la depresión clínica. Años de enmascarar rasgos producto de mi condición me permitieron aparentar que encajaba en la sociedad, pero esto tuvo un alto precio para que se traducía en ansiedad, crisis nerviosas y relaciones arruinadas. En ese momento no tenía idea de que el diagnóstico constituiría un antes y un después en mi vida, y que era muy afortunada de que las cosas hubiesen resultado de esa manera. Abandoné la consulta sin ser consciente de la gravedad de la situación, con una receta médica, el nombre de un terapeuta y la recomendación de volver a control en el futuro cercano.

Los circuitos de boulder de Fontainebleau son el corazón de la zona y ofrecen líneas aptas para todos los niveles. En principio fueron desarrollados como una forma de entrenamiento previo a aventurarse en los Alpes. Hacia el final del siglo pasado hubo más y más problemas desarrollados fuera de los trayectos oficiales. En el presente, el área en su totalidad ofrece alrededor de 20.000 boulders y mucho potencial para desarrollar líneas nuevas.

Tres años después estaba viviendo en mi nuevo hogar, una casa ubicada en Fontainebleau, Francia. A pesar de que la ventana que daba el desordenado jardín trasero era nueva, la casa fue construida en 1786. Sus paredes de piedra estaban hechas de la misma arenisca perfecta de los bloques escondidos a lo largo del bosque de pinos que la rodeaban. Sentada en mi improvisado escritorio, miré hacia el bosque y luego nuevamente al documento en blanco en la pantalla de mi computadora.

El bosque de Fontainebleau es un epicentro cultural y turístico ubicado al norte de Paris que ofrece distintas actividades, desde subastas en galerías de arte hasta mountain bike. Es famoso entre los escaladores por ser la zona de boulder más antigua y con mayor número de líneas en el mundo. El bosque es la meca a la que acude un gran número de peregrinos de la escalada desde todo el planeta cada año. Durante algunos días de invierno, el frío y la humedad alcanzan un balance perfecto y los problemas más duros del mundo son encadenados por los atletas más fuertes.

Después de un par de años de haber comenzado mi vida en Fontainebleau, mi mundo se detuvo: los encierros establecidos a causa de la pandemia nos confinaron a mi pareja y a mí en nuestro nuevo hogar. Era totalmente consciente de que, en mi caso, esto representaba un lujo, pero el cerebro humano, o al menos el mío, no está programado para la conformidad. Las tiendas de manualidades estaban cerradas y el acceso al bosque estaba prohibido, por lo que tanto escaladores profesionales como aficionados dejaron de visitar el lugar. Lo único que rompía el silencio del bosque era el canto de los pájaros. De pronto, mi raisons d’être —escalar tanto como pudiese y renovar nuestro hogar al mismo tiempo— habían desaparecido.

Está claro que la reacción más obvia debió haber sido dedicarme a entrenar duro, pero me sentía demasiado cansada para eso, no por escalar, ni por hacer ejercicio, dedicarle tiempo al fingerboard, ni por medir mi progreso en detalladas hojas de cálculo. Me sentía agotada debido a aquella necesidad de validarme a mí misma a través de mis logros en la escalada, en renovaciones y en todo lo que hiciera. Me puse metas imposibles que se alejaban cada vez más y que no podría mantener por mucho más tiempo. Al igual que en Rockland, tenía esa sensación de estar condenada al fracaso, con la diferencia de que esta vez no se trataba de un simple problema sobre una roca, sino de mi vida.

Sin saber qué otro camino tomar, me aferré a lo único que siempre había hecho. Antes de trabajar, del colegio y de conocer la escalada, antes incluso de aprender a instalar pisos de parqué y de pasar toda la noche con miedo de haberlo hecho mal, había sido escritora. Si a mis cuatro años me había sentido tan atraída hacia la escritura que solía crear mis libros atando páginas de manera torpe con hilo y agua, quizás podría volver a serlo. Eso era lo único en que podía pensar ahora, tres décadas más tarde, confinada en una casa antigua y deteriorada, rodeada de un bosque que de repente se quedó vacío.

Como muchas veces en el pasado, comencé a escribir, pero esta vez me aferré a ello como si se tratara de un salvavidas.

El bosque de Fontainebleau es hermoso en todas las estaciones del año, pero durante el otoño se encuentra adornado por majestuosos tonos dorados y rojizos. A pesar de los colores cálidos, las temperaturas pueden caer hasta casi llegar al punto de congelamiento, lo que hace que la fricción sobre la roca sea mejor.

Pasé gran parte de esos dos años escribiendo e investigando acerca de la historia y la cultura de la escalada, pero escasamente estuve sobre las rocas durante ese periodo. Una capa de grasa cubría ya mi zona abdominal, típico en los escritores, además comencé a tener dolores de espalda por estar tantas horas sentada frente a la computadora, ni siquiera podía avanzar en mis proyectos anteriores. Sin embargo, la escritura cambió mucho más que eso.

Relatar esos eventos es casi tan cursi como contar que aprendí de las vidas de Paul Preuss, Catherine Destivelle o Chris Sharma, todos grandes maestros de la escalada (hace poco aprendí que está bien ser así de cursi de vez en cuando, como también lo está el no ser una escaladora de élite).

Me había mudado a Fontainebleau pensando que esta sería la mejor manera de cambiar mi vida; pensé que escalaría un bloque de inmensa dificultad y que gracias a eso me sentiría mejor conmigo misma. No obstante, eso estaba muy lejos de ser lo que en realidad necesitaba. Tenía que aprender que ese dicho que afirma que el destino es mejor que el viaje es más que un simple cliché y que necesitaba lo que ahora llamo, sobre todo en privado, “los regalos del bosque”, esos que no podría haber apreciado si no me hubiese alejado de aquellos intentos por validarme a mí misma a través de la escalada.

Con el tiempo volví a aprender a deleitarme de hermosos paisajes sin tener que viajar al otro lado del mundo, también descubrí el valor de hablar con mis vecinos, incluso si eso implicaba tener que lidiar con la ansiedad por la interacción social. Adopté a gatos callejeros, aprendí a cortar leña y escalé descalza por bloques sencillos.

Los arêtes (o esquinas) limpios y angulosos constituyen una de las características más conocidas del boulder en Fontainebleau. Incluso los más fáciles, como el L’Angle Allain que aparece en la foto, requieren un uso muy técnico de los pies y un tratamiento cuidadoso, pero al menos sus zonas superiores suelen ser más sencillas.

Han pasado meses desde el lanzamiento de mi primer libro, Born to Climb: From Rock Climbing Pioneers to Olympic Athletes. Se trata de una reseña histórica y cultural de la escalada en roca y de competición que destaca tanto a los íconos más célebres como a los héroes anónimos de este deporte, trayendo al frente la experiencia del escalador promedio. Para mi sorpresa, luego me solicitaron escribir un artículo que relatara de qué manera escribir dicho libro había cambiado mi relación con la escalada, tema que inmediatamente me encantó. Sabía que quería que el artículo fuese acerca de la libertad, la conexión y la comunidad en relación con este deporte, pero al querer hablar de esos aspectos no pude evitar contar también otra historia, una de depresión, angustiante perfeccionismo y de esa sensación de ser muy defectuosa, al igual que de aquella gran devoción por la escalada que no constituyó para mí una salida, sino una manera de caer en el mismo agujero una y otra vez.

En cierto sentido, Born to Climb se convirtió en mi proyecto más largo y ambicioso, pero esta vez mi motivación no estaba en probar que yo no era un fracaso, sino en hacer un buen trabajo. La escritura hizo por mí lo que la escalada no pudo: me obligó a cuidarme a mí misma. Encontré a un gran terapeuta y me comprometí a tomar mis medicamentos. La mayoría de las veces lograba dormir en las noches, casi siempre demasiado cansada para preocuparme. Controlé mi ansiedad, comencé a dar largos paseos y dejé de entrenar en exceso. De hecho, lo hacía muy poco, pero mi mundo seguía en conexión con la escalada.

Aun así, no existe autocuidado o paseo al ocaso que pueda solucionar un problema cerebral que requiere de asistencia médica. Si no me hubiesen diagnosticado, medicado y prescrito terapia, probablemente habría tardado mucho más en recuperarme, si es que lo hubiese logrado. Es angustiante el hecho de que este tipo de apoyo no esté disponible para todas las personas que lo necesiten.

Sin este proceso, es muy poco probable que hubiese culminado Born to Climb. No pretendo que sea un libro extraordinario, pero es sencilla y llanamente mi libro, además el tiempo y esfuerzo que le dediqué me parece que fueron precisos. La cereza del pastel es el agradable aroma de su cubierta.

Por un tiempo me preocupó que si no era constante y no me esforzaba por avanzar hacia una categoría superior no podría considerarme una verdadera escaladora. También me preocupó que si Born to Climb no se convertía en un best seller inmediatamente también sería una fracasada en mi labor como escritora. De alguna manera, ahora estos pensamientos no me preocupan; ya no representan mi verdad.

La primera persona en ascender L’Angle Allain fue el alpinista francés Pierre Allain, uno de los primeros también en visitar el bosque de Fontainebleau como entrenamiento para el montañismo, quien se convirtió en pionero y defensor del boulder tras de desarrollar un gran afecto por escalar pequeños bloques de roca. También se le conoce como el creador de las zapatillas de escalada con suela de goma.

Más allá de la ventana que da al desordenado jardín trasero puedo ver las copas de los pinos del bosque de Fontainebleau. Un rayo de luz dorada destella por detrás de las nubes bajas y plomizas. Incluso con tantos problemas que ocurren en el mundo, esta vista me hace respirar con tranquilidad. Soy feliz. Y aunque tengo la impresión de que solo sé escribir sobre lo malo, como si las cosas buenas fueran menos importantes cuando comienzo esta labor, tengo una historia que contar.

Y más tarde, tal vez, salga a escalar.

Perfil de Autor

Zofia Reych

Escritora interesada en la cultura y el deporte. Su boletín semanal Field Notes, habla acerca de temas como escalada, escritura, género y más.