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Laura Wilson y Ben Herrgott son un par de surfistas aventureros con cierta predilección por todo aquello que sea tan remoto, abrupto y salvaje como sea posible. Se trata de una dupla de peregrinos modernos que, a finales del año pasado, empacaron todo lo que tenían y salieron al mundo.
Laura: “Después de nuestras aventuras por la Antártica y las Islas Malvinas necesitábamos una pausa para recuperarnos. Todavía estaba sintiendo el impacto de un mes de estar mareada en altamar, así que estuve feliz de asentarme por un tiempo
Ben: “Llegamos a Chile y fuimos directo hacia la izquierda mágica. Alquilamos una cabañita rústica y pintoresca, propiedad de un encantador anciano chileno que lucía un gran bigote y que disfrutaba contándonos anécdotas de la historia del país.
La ola estaba a unos quince minutos caminando. Mientras nos dirigíamos hacia ella durante la primera mañana, con nuestros trajes de surf puestos y nuestras tablas bajo el brazo, alguien se acercó en su camioneta y nos ofreció llevarnos en la parte trasera. Fue una gran bienvenida.
La ola puede ser desafiante. Es bastante larga, de casi ochocientos metros. La cresta casi nunca baja de los dos metros y su barrido es descomunal. Permanecer en el spot es casi imposible. Sin embargo, surfeamos algunas muy buenas. Había poquísimos turistas internacionales y nunca más de quince personas en el agua al mismo tiempo. Casi todas las mañanas fuimos los primeros en llegar. Parece que por allá nadie se levanta temprano”.
Laura: “Tenía que respirar profundo un par de veces cada mañana antes de salir, era intenso. Estaba más allá de mis límites, pero me esforcé por lograrlo. Nuestra condición física mejoró mucho de tanto remar, al final ya casi parecíamos máquinas”.
Ben: “Incluso llegar al agua era una locura. Hay que bajar por un sendero en un acantilado y saltar desde las rocas. Luego tienes que calcular el tiempo y remar contra la espumosa corriente, que te empuja hacia un afloramiento rocoso que parece una mini isla. Escalas hasta la cima de este, caminas sobre rocas resbalosas y luego saltas, entre series, al frente de la ola, que es súper intimidante.
Un día alcanzó un tamaño de entre cinco y seis metros. Había surfistas locales con tablas de tres metros y, aun así, hasta los más expertos terminaban pagando y arrastrados hacia las rocas. No solo usaban chalecos de impacto, también trajes con piernas acolchadas que no había visto nunca. Muchos ni siquiera lograban entrar”.
Laura: “Los paisajes y alrededores eran bastante impresionantes. La arena era oscura y algunas mañanas había mucha niebla, por lo que daba un poco de miedo estar ahí. Pero el agua era tan cristalina que podías ver el fondo del mar, con cangrejos y lobos de mar nadando por todos lados. Bajo nuestras tablas había un océano lleno de vida. El aire estaba cargado de sal. Si mirabas hacia arriba, siempre había pájaros revoloteando en busca de comida e imponentes acantilados cubiertos de cactus.
Al atardecer contemplábamos las puestas de sol más hermosas. La mejor manera de terminar un día de surf y paseos en bicicletas viejas y oxidadas por los pueblos cercanos.
Ben: “Hay un filósofo y hombre de mar local que vive en la playa. Construyó su casa con madera que flotaba a la deriva y algas marinas. Se sumerge en el mar y coloca sus redes más allá de los afloramientos rocosos. Se me puso la piel de gallina al hablar con él y conocer su sabía visión del mundo y la importancia que tiene obtener energía de la naturaleza y sus elementos. ‘Debemos cuidar al planeta porque no podemos comprar uno nuevo’, fue uno de sus comentarios que mayor impacto tuvo en mí”.
Laura: “Su nombre es Marso y recolecta esas largas y abundantes algas en las orillas rocosas. Se llama cochayuyo. Muchos lugareños hacen lo mismo, luego las dejan secar sobre las rocas y después las amarran para venderlas en mercados. Se puede utilizar en guisos y ensaladas, es parte importante de la dieta local. Tiene un sabor delicioso.
Al final nos quedamos en este lugar por tres semanas, pero el tiempo pasó demasiado rápido. Antes de que pudiese notarlo, ya estaba comenzando a empacar mis cosas. Tenía que volver a Australia para tramitar una visa y comenzar la próxima etapa de nuestro viaje”.
Ben: “Volví a Santiago y conseguí una pequeña camper van. Mi plan era conducir tan al sur como pudiese, a lo largo de la costa. Terminé recorriendo 6.000 kilómetros exactos.
Ya extrañaba a Laura y tuve que luchar un poco con el miedo que me daba lo desafiantes que eran algunas playas. Olas muy remotas, con tubos enormes y remadas complicadas. No hay nadie alrededor, ni siquiera hay estacionamientos, uno está en el medio de la nada. Es salir realmente de tu zona de confort.
Pero fue una buena aventura, además conocer a cada surfista local fue toda una experiencia. La comunidad de surf allá funciona de forma muy distinta; realmente no hay egos, tampoco secretos, ni siquiera está el factor de lo ‘cool’.
En los spots más populares había unos ocho surfistas, como máximo. Los lugareños estaban muy emocionados de poder practicar su deporte con alguien nuevo. Todos se animaban mutuamente al tomar las olas. Al salir del agua me cambiaba y los otros deportistas se acercaban a presentarse, estrechando mi mano. Era muy reconfortante. Amo la comunidad surfista de mi país, pero a veces somos mucho más agradables cuando ya no hay surf de por medio.
Me dirigí a una zona muy remota de la costa y tuve la oportunidad de correr algunas olas maravillosas con surfistas locales estupendos. Todos acampábamos frente al mar. Por la mañana surfeábamos y luego comíamos juntos en la playa. Era una sensación muy acogedora. Las olas eran un poco desafiantes y muy potentes; fuertes tubos para correr de espalda que arrastraban arena.
Creo que me quebré la parte superior del pie mientras surfeaba. No dolía tanto al caminar, pero estuvo muy hinchado y negro por un par de semanas. Debido a esto tuve que cambiar un poco mis planes y dirigirme hacia las montañas. Disfruté de vistas preciosas; estuve rodeado de volcanes con cimas repletas de nieve, con muy pocos turistas.
Al final decidí volver a la costa. Me tomé mi tiempo en conducir aún más hacia el sur, acampando y explorando hasta llegar a una isla un poco antes de la Patagonia. Hace muchos años, durante un viaje a Alaska, Kevin Starr me contó que su sueño era surfear allí, lo que despertó mi interés por visitarla.
Era hermosa. Surfeé solo otra vez. Puede ser un slab bien pesado, lo que no es mi especialidad. Sin embargo, al llegar noté que estaba pequeña, pero perfecta. Tuve suerte. Eran unos cincuenta centímetros de agua.
Llegar al lugar fue todo un desafío. Hay que pasar por un faro y una base militar, en donde se tiene que gritar para llamar la atención de alguien de adentro. Si te dejan pasar, ya estás al otro lado, pero bajo tu propio riesgo. Luego hay que descender por unos acantilados con cuerdas, para después caer en el barro, antes de encontrar finalmente esa ola perfecta y hermosa.
A la distancia tuve una sesión mágica sobre un pintoresco point break. Fue tranquilo, pero divertido. Había vacas paseando por la playa, comiendo algas en la orilla. La luz de la mañana hizo que todo fuese mucho más especial para mí.
La cantidad y calidad de las olas en Chile es increíble. Los locales de verdad me impresionaron con su habilidad para surfear tubos. Pero entre tanta belleza y buenas vibras me llegó un poco de inquietud.
Parece que la tala de árboles es excesiva en el país. Encontré un lugar genial para surfear junto a un pequeño pueblo, pero toda la colina que estaba por detrás había sido arrasada. Lo que antes había sido una hermosa y verde loma, ahora no era más que tierra y ramas, todo devastado por grandes excavadoras.
Los criaderos de salmón también son una práctica muy evidente. Al conducir por la isla noté que cada ensenada que no estaba expuesta a las olas y cada bellísima playa de las que aparecen en las guías turísticas no era el sitio hermoso que solía ser en el pasado. Había criaderos por todos lados. Claro que estos generan muchos trabajos, pero olvídate de la pesca en el lugar, olvídate de la biodiversidad. Están destruyendo esas aguas. Es una realidad dolorosa. Ya no es solo tu cerebro diciéndote lo malo que es todo esto para el planeta, sino que está allí, frente a ti, puedes verlo y sentirlo.
Sin embargo, algo bueno de los chilenos es que confían mucho en la producción local. Tanto así que no ves grandes cadenas de tiendas por las calles, tampoco camiones enormes transportando productos a lo largo de la costa. Cada pueblito tiene sus propias tiendas independientes, lo que genera beneficios económicos y ambientales.
Como raya para la suma, nuestro viaje a Chile fue memorable. Me encanta la autenticidad del país”.
Laura Wilson y Ben Herrgott
Laura Wilson y Ben Herrgott están realizando un viaje desde la Antártida a África. Con base en Surf Coast, Australia, han pasado los últimos años equilibrando su trabajo con su pasión por los ambientes naturales, el medioambiente y el surf en áreas remotas. Para ellos, el destino perfecto para surfear es cualquier lugar que requiera una buena cantidad de investigación y logística de acceso, que ofrezca una sensación de descubrimiento y una inmersión total entre la flora y la fauna. Además, ¿a quién le importa la calidad de las olas cuando hay focas y pingüinos jugando a tu alrededor y montañas sin nombre como telón de fondo?