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Nuestro héroe

Dr. Ayana Elizabeth Johnson / 12 min de lectura / Activism, Our Footprint

Tratar de enfrentar la crisis climática sin la ayuda de los océanos no dará un buen resultado.

¿Recuerdas la primera vez que caminaste sobre la arena y observaste el mar? Esa enorme extensión azul, tan impresionante y misteriosa. Cuando era niña, lo primero que noté fue la magia de las olas que cubrían un mundo de arena y conchas. El océano era mucho más de lo que mi cabeza podía procesar. Recuerdo también aquel mantra que adopté cuando mis padres me enseñaron a nadar: “Nunca le des la espalda al mar, mantente siempre alerta para evitar que las olas te arrastren o algo peor”. Como adulta, mi respeto hacia sus aguas creció al estudiar biología marina, por lo que decidí enfocar mi trabajo en encontrar soluciones para el cambio climático, pero debo decir que mis preocupaciones también aumentaron.

A la fecha, un 66 por ciento de los ecosistemas marinos se ha visto gravemente impactado por la acción humana: la contaminación procedente de los derramespetroleros, la agricultura, las fábricas y los plasticos; además hemos arrasado con los ecosistemas costeros para establecer granjas de camarones y construir resorts; la sobrepesca ocasiona debacles en las poblaciones de peces; el lecho marino está a punto de ser explotado para extraer minerales; asimismo, presenciamos el calentamiento y la acidificación de los océanos, que a su vez obliga a los peces a migrar hacia los polos, desintegrando arrecifes de coral y provocando huracanes que afectan a las comunidades; por último, somos testigos también de la lenta catástrofe que constituye el aumento del nivel del mar.

Es demasiado… y es probable que para ti haya sido tan abrumador leerlo como para mí escribirlo. Está claro que debemos enfocarnos en todas estas problemáticas y trabajar en detenerlas, pero también debemos aprovechar las soluciones que los océanos nos ofrecen si abandonamos el uso de combustibles fósiles y ampliamos el uso de energías renovables de un origen aceptable; estos cuerpos acuáticos pueden retener toneladas de carbono, sustentar las economías costeras y permitir la creación de un sistema alimentario sostenible. De hecho, si hacemos un balance, las soluciones oceánicas podrían generar la reducción del 21 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero en el planeta, gracias a lo que el aumento de la temperatura global se limitaría a 1,5 °C. El océano, más que ser víctima de la acción humana e incluso una amenaza para muchos, debería ser considerado nuestro gran héroe.

Kimi Werner practica apnea en Tonga. Foto: Perrin James.

Un mar de soluciones

No debemos ignorar al poder de sanación que tienen los océanos. Muchos de nosotros sabemos cómo pueden curarnos a nivel emocional —por lo que deberíamos darles un mejor uso en estos tiempos de gran ajetreo— pero no estamos tan familiarizados con su habilidad para contribuir en la estabilización del clima. Hasta ahora, han absorbido más del 90 por ciento del exceso de calor atrapado en la atmósfera debido a los gases de efecto invernadero, sin lo cual esta sería alrededor de 36 °C más caliente, y también alrededor del 30 por ciento del dióxido de carbono emitido por el hombre al quemar combustibles fósiles. Pero como resultado, los océanos es un lugar menos adecuado para la vida marina; se han calentado en 0,88 °C y se han vuelto un 30 por ciento más ácidos.

Además de atenuar la contaminación y el calentamiento de la atmósfera, los océanos cuentan con un potencial increíble para la producción de energía renovable en altamar, especialmente eólica en la actualidad, pero tal vez en el futuro también mareomotriz, undimotriz (de las mareas y de las olas, respectivamente) y es posible que también de formas diferentes. Por ejemplo, en los Estados Unidos, se podría suplir un tercio de las necesidades energéticas de la nación a través de la energía eólica marina. ¡Más del 30 por ciento! Esta fuente alternativa de energía será un componente importantísimo para abandonar rápidamente los combustibles fósiles contaminantes y detener la devastación económica y ecológica generada por los derrames petroleros.

“En los Estados Unidos, se podría suplir un tercio de las necesidades energéticas de la nación a través de la energía eólica marina. ¡Más del 30 por ciento!”

Pero también hay que resistir la tentación de pensar solo en soluciones tecnológicas. La naturaleza y su proceso de fotosíntesis constituyen gran parte de las soluciones que tenemos a nuestro alcance. Los ecosistemas costeros pueden ofrecer a menudo una protección litoral más económica y efectiva que las estructuras complejas, como los rompeolas y diques, además mejoran la seguridad alimentaria y respaldan las economías costeras. El valor de la economía oceánica a nivel mundial se estima en 1,5 billones de dólares por lo bajo, se prevé que esta cifra se duplique para el 2030, esta sustenta de forma directa 31 millones de puestos de trabajo a tiempo completo. Dicho esto, hablemos un poco más acerca de este tema.

Matar menos peces y proteger más lugares

Es lamentable lo infravalorado que se encuentra el océano en la actualidad, tanto así que solo un 3 por ciento de su extensión se encuentra enteramente protegido. Es vergonzoso, pues esta cifra está muy lejos del 30 a 50 por ciento que los científicos consideran necesario para asegurar la integridad de los ecosistemas y la preservación de la biodiversidad.

Al igual que los parques nacionales en tierra, las áreas marinas protegidas (AMP) proporcionan refugios seguros para que la vida marina se recupere de las dañinas actividades humanas, esto aplica sobre todo para reservas marinas (AMP cerradas a todo tipo de pesca) que generan una gran cantidad de beneficios dentro y fuera de sus límites cuando son de gran tamaño y sus medidas de protección se encuentran bien reforzadas. Un metaanálisis reciente arrojó que:

El establecimiento más amplio de AMP puede ayudar a frenar el cambio climático de una manera costo-eficiente, además puede aliviar algunas de sus dificultades previstas, como la reducción en la seguridad alimentaria y el aumento del nivel del mar, también reducir la pérdida de biodiversidad, favorecer la preservación de los procesos ecológicos esenciales que sustentan el sistema de apoyo a la vida planetaria y mejorar las perspectivas de recuperación después de que se logren controlar las emisiones de gases de efecto invernadero.

Es una gran victoria que nos encantaría presenciar.

Me gustaría exponer tres casos relacionados con esta situación: en el sur de California, las AMP que redujeron su zona de pesca en 35 por ciento generaron un aumento del 225 por ciento de las capturas totales en zonas circundantes al cabo de seis años. Las AMP no están rodeadas por muros, por lo que, cuando las poblaciones de peces repuntan dentro de sus límites, las capturas por fuera de ellos mejoran gracias al “desbordamiento” de larvas y peces.

En Baja California, México, cuando el agotamiento de oxígeno ocasionado por las condiciones climáticas generó una mortandad masiva de abalones amarillos, su población se recuperó de manera más rápida en los ecosistemas más sanos de las reservas marinas.

And research on the Great Barrier Reef in Australia shows that coral reefs that bleached due to heat stress recover faster in protected areas. MPAs can improve the resilience of marine species and ecosystems to changing ocean conditions—critical given the dire state of the climate crisis.

Las investigaciones acerca de la Gran Barrera de Coral en Australia demuestran que los arrecifes de coral blanqueados a causa del calor se recuperan más rápido en áreas protegidas. Las AMP pueden entonces mejorar la resiliencia de especies marinas y ecosistemas ante cambios en las condiciones oceánicas, lo que es fundamental para el ser humano dada la grave situación de la crisis climática.

Las reservas marinas no son la única solución, no bastan para paliar la situación: necesitamos terminar con la sobrepesca, la destrucción de hábitats, la contaminación y, por supuesto, hacer frente al cambio climático. Devolver su autoridad de gestión a los grupos indígenas locales también puede ser un elemento clave en la conservación de los océanos, al igual que el trabajo cooperativo entre los gobiernos y las autoridades tribales.

Si proteger más del 30 por ciento de los océanos y prohibir la pesca en alta mar suena extremo, es importante considerar que casi el 94 por ciento de las poblaciones de peces son víctimas de la sobrepesca o capturadas hasta su rendimiento máximo en términos de sostenibilidad. Las tecnologías desarrolladas para las guerras, tales como radares, sonares, helicópteros y aviones de vigilancia, se utilizan para buscar y capturar a los peces restantes, por lo que las especies endémicas no pueden reproducirse lo suficientemente rápido para seguir el ritmo de las capturas. Aun así, 3 mil millones de personas dependen de alimentos de origen marino como fuente considerable de proteínas. Aquel dicho relacionado con enseñar a un hombre a pescar no tiene sentido si no hay peces que atrapar.

El rapero Biggie Smalls canta en una de sus canciones, “recuerdo cuando teníamos que comer sardinas en la cena” como un modo de referirse a la pobreza que rodeaba su infancia, pero en realidad, eso es de lo que deberíamos alimentarnos todos: peces pequeños y abundantes ricos en omega 3, no depredadores superiores como el atún, cuya población se ha desplomado en más de 50 por ciento (97 por ciento para el caso del atún de aleta azul) desde que comenzamos a consumirlos en exceso.

Pescadores zancudos esperan que los peces piquen en la costa sur de Sri Lanka. Este método comenzó a emplearse después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la competencia era feroz y los sitios de pesca estaban abarrotados. Los pioneros de esta forma de pesca se montaban sobre restos de botes casi hundidos antes de adoptar el método actual. Foto: Florian Mueller.

Agricultura oceánica regenerativa

Además de abogar por medidas de protección más fuertes y que abarquen más zonas, debemos cultivar los océanos en vez de considerarlos solo como espacios de cacería marina, y no me refiero a esos centros industriales de cultivo de salmón que contaminan las aguas y requieren toneladas de alimento. Para la seguridad alimentaria y la sostenibilidad, el futuro debe incluir granjas de algas y mariscos que se extiendan por nuestras costas. A través de la agricultura oceánica regenerativa, los mejillones crecen en cuerdas colgantes mientras que las ostras y las almejas lo hacen en jaulas en el lecho marino, asimismo las algas florecen en largas filas a través de las profundidades.

Bren Smith, pionero en agricultura oceánica regenerativa, explica en The Ocean Solution, una película de Patagonia Provisions, cómo esta labor se lleva a cabo sin fertilizantes y sin agua dulce ni alimentos procesados. A través de la fotosíntesis y la formación de conchas, la agricultura marina absorbe toneladas de carbono, una solución climática que también proporciona un hábitat propicio para gran variedad de vida silvestre y que podría crear hasta 50 millones de empleos directos en el mundo entero. Tan solo dos hectáreas de océano pueden producir hasta 10 toneladas de algas y 250.000 moluscos en apenas cinco meses.

Las algas no solo constituyen un alimento súper nutritivo para nosotros, sino que, cuando se incorporan ciertos vegetales marinos a la alimentación de los ganados, se puede reducir en 50 por ciento el metano que estos producen a través de eructos, un potente gas de efecto invernadero. Las algas también pueden usarse para elaborar bioplásticos y biocombustibles. Son de verdad un jugador multifuncional.

Restauración de ecosistemas costeros

Más allá del gran atractivo de las algas, los ecosistemas marinos están infravalorados. Alterarlos dificulta su capacidad para absorber dióxido de carbono e incluso libera cantidades de este componente previamente almacenadas. Los ecosistemas costeros arruinados o deteriorados liberan hasta mil millones de toneladas de dióxido de carbono cada año, lo peor de todo es que su destrucción también desata cantidades inmensas de metano, un potente gas de efecto invernadero. Esta situación es terrible, pues estamos ocasionando un desastre en entornos que nos generan bienestar.

En el sudeste asiático la acción humana ha arrasado con largas extensiones de manglares costeros con el propósito de beneficiar el cultivo de camarones, de hecho, cuando se produjo el conocido tsunami de 2004, las locaciones sin manglares fueron las más gravemente impactadas porque sus residentes se quedaron sin protección natural frente a las mortales inundaciones. Lo mismo ocurrió en el delta del río Misisipi. Cuando el huracán Katrina impactó el sur de Luisiana en 2005, en esta zona ya se habían perdido casi 5.000 kilómetros cuadrados de humedales, por lo que no había suficientes ecosistemas de este tipo para contrarrestar el poder de la tormenta. Algo similar sucedió en Nueva York; la ciudad solía estar rodeada por casi 40 kilómetros cuadrados de humedales con abundancia de ostras, pero ahora se encuentra en gran parte desprotegida, sin arrecifes de ostras naturales y con casi un 85 por ciento de sus humedales costeros destruidos en el último siglo. Sin embargo, lo poco que queda de ellos evitó casi 140 millones de dólares en daños provocados por inundaciones durante el huracán Sandy en 2012. Las comunidades pobres y de clase obrera, en su mayoría personas de color que alquilan sus viviendas, fueron las más vulnerables a la tormenta y muchos de sus habitantes todavía están padeciendo sus efectos después de 10 años.

Cuando las comunidades optan por infraestructura gris (cemento) en vez de verde (naturaleza), el precio a pagar puede ser astronómico. Los ecosistemas costeros a menudo proporcionan protección ante las inundaciones de manera más efectiva que los rompeolas o diques. Si los preservamos y restauramos, ellos nos devolverán el favor protegiéndonos.

“Tan solo dos hectáreas de océano pueden producir hasta 10 toneladas de algas y 250.000 moluscos en apenas cinco meses”

Los bosques de algas kelp cola de toro, que crecen en aguas poco profundas y turbulentas, proporcionan refugio para especies oceánicas y ayudan a proteger las costas porque amortiguan la fuerza de las olas. Isla de Vancouver, Columbia Británica. Foto: Eiko Jones.

Alejarse del peligro

Las tormentas de gran magnitud son un fenómeno común en el presente, estas se ven favorecidas por el aumento en la temperatura las aguas asociado al calentamiento global. Se caracterizan por generar vientos más fuertes, mayor nivel de lluvias e incremento rápido en su intensidad. En la actualidad sus temporadas se están prolongando debido al cambio climático. En 2022, los huracanes Fiona e Ian arrasaron el Caribe, dejando un saldo de más de 100 muertos y ocasionando daños valorados en cientos de millones de dólares. Este tipo de tormentas pueden ser devastadoras sobre todo para comunidades afroamericanas de clase obrera que ya estaban en desventaja y que cuentan con menos recursos con los que poder recuperarse. Este tipo de desastres agudiza la desigualdad social.

No tiene sentido seguir construyendo en los mismos lugares. Es arrogancia pura el pensar que podemos contener los océanos y negarse a planificar ante lo que es inevitable solo empeora la situación. Esto no solo aplica para el caso de las tormentas, sino también para el aumento del nivel del mar.

El hielo de los polos se derrite y aumenta el nivel de los océanos. Cuando el agua del mar se calienta, se dilata. El nivel medio global del mar ha subido unos 20 centímetros y podría seguir creciendo a un metro o más para finales del siglo. Esto generará un éxodo masivo de personas provenientes de áreas costeras, forzando a millones de personas a migrar. En Bangladesh, por ejemplo, que produce solo el 0,4 por ciento de las emisiones de carbono a nivel global, se espera que un 17 por ciento de la tierra quede sumergida, desplazando a 20 millones de personas de sus hogares para 2050. Comunidades enteras en Isle de Jean Charles, Luisiana, y en Oakwood Beach, Staten Island (Nueva York), ya han tenido que reubicarse. Los próximos sitios afectados serán los pueblos nativos de Alaska como Newtok (the subject of a Patagonia Films® documentary), acerca del cual Patagonia Films® creó un documental, algunas zonas de Miami y otras de las Carolinas, incluyendo Princeville, la primera ciudad fundada por afroamericanos.

Debemos encontrar maneras de ayudar a las comunidades a alejarse del peligro y también decir adiós a algunas localidades costeras de gran valor para todos. Cuando esto suceda, necesitaremos encontrar formas de lamentar nuestra pérdida, luego adaptarnos y seguir conectados.

Foto: Ray Collins.

Abogar por la justicia oceánica

Cuando pensamos en la conservación de los océanos, lo primero que nos viene a la mente suelen ser delfines, peces, ballenas, corales e islas tropicales remotas. Pero este campo tiene mucho que ver con las personas; es también un asunto de justicia.

Las comunidades de color y de personas de clase obrera son a menudo excluidas del acceso a los recursos que nos brindan los océanos e incluso relegadas a lugares segregados y contaminados. Son ellos quienes más sufren la contaminación y el impacto climático a pesar de que a menudo son los que menos han contribuido a causarlo. Cuando pensemos en cómo abogar por la conservación y restauración de los océanos y las soluciones climáticas, también debemos considerar la justicia oceánica. La forma en la que abordamos estos temas es realmente importante.

Foto: Ray Collins.

Perfil de Autor

Dr. Ayana Elizabeth Johnson

La Dr. Ayana Elizabeth Johnson proveniente de Brooklyn, es bióloga marina y experta en políticas relacionadas con este campo de estudio, además es miembro de la junta directiva de Patagonia. Johnson es también cofundadora del laboratorio de ideas Urban Ocean Lab, coeditora del libro All We Can Save, y cocreadora del podcast How to Save a Planet. Este artículo es una adaptación de tres escritos anteriores publicados por ella: “What I Know about the Ocean” (extraído del libro Black Futures), “To Save the Climate, Look to the Oceans” (tomado de la revista Scientific American) y de su testimonio en el congreso Ocean-Based Climate Solutions Act en 2021.