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Imaginando desde el desecho

Franco Calderón / 11 min de lectura / Community, Planet

En el norte de Chile la industria textil flagela el desierto. Pero una comunidad resiliente está transformando su realidad llena de desperdicios en oportunidad.

Todas las fotos por Mateo Barrenengoa.

En la costa de la región chilena de Tarapacá, quienes viven del mar saben reconocer el sustento bajo el agua. Incluso antes de que la marea baje y exponga las rocas, saben lo que se esconde bajo la superficie. Hábilmente se sumergen y se pierden entre sus vetas. Nunca pasan hambre.

No muy lejos de esa costa, una joven recicladora textil, artesana de la moda consciente y activista ambiental llamada Ángela Astudillo, ha desarrollado un instinto similar. Tras años de rebuscar en los cementerios de ropa usada repartidos en los alrededores de Alto Hospicio, en el desierto de Atacama, su ojo está tan afinado que es capaz de hallar tesoros escondidos. Donde yo veo montones de escombros y ropa desechada, ella encuentra colores y texturas de telas inspiradoras con las que llena rápidamente dos sacos que también encuentra allí, pues, sabe dónde buscar.

Junto a ella me dejo llevar por la búsqueda también, pero el humo de un montón de ropa usada ardiendo a unos metros de distancia me despierta de mi observación. Además de emitir gases de efecto invernadero, estos microbasurales textiles tienen un impacto directo en las comunidades cercanas. A medida que los montones de ropa empiezan a crecer, se queman, lo que libera vapores tóxicos, por lo que los residentes del sector han de soportar un aire insalubre y experimentan la amarga sensación de ser ignorados por quienes, sobre un suelo que conocen aunque tratan como ajeno, toman las decisiones. Para muchos que no pertenecen al territorio, Alto Hospicio parece ser un lugar en permanente abandono. Pero también es un lugar donde se escriben nuevas historias, historias inspiradas por la creatividad, la resiliencia, el liderazgo y la pasión, historias que son capaces de cambiar esa oscura narrativa.

Camiones cargados van y vienen sin parar en las afueras de Alto Hospicio. Así llega la ropa usada —y todo tipo de residuos— a los microbasurales que rodean la comuna.

Es de mañana en una vasta y árida extensión de desierto cerca de El Boro, una emblemática población periférica de Alto Hospicio. Estamos en el comienzo de un tramo interminable de residuos. Su flujo se renueva continuamente con zapatos, chaquetas, camisas, pantalones y otras prendas usadas. A pesar de este entorno aciago, Ángela continúa abstraída del paisaje, concentrada en el asombro de su recolección.

El largo viaje de estas ropas desechadas comienza en el primer mundo —principalmente Estados Unidos, Europa y Asia— donde son desechadas por sus dueños originales o no pasan la selección para llegar a los escaparates de las tiendas de segunda mano. Embaladas, embarcadas y liberadas en la aduana, las prendas usadas que entran a Chile se cuentan por cientos de miles de toneladas, siendo Iquique su puerta principal. Los fardos textiles recalan en la zona franca de la ciudad portuaria, conocida como la “Zofri”.

Lo que las importadoras no pueden o no quieren vender llega a la pampa que rodea Alto Hospicio, 15 kilómetros al este. Aquí, la ropa se esparce, entierra o dispersa ilegalmente en microbasurales y luego se quema rápidamente para ocultar su rastro. Sus restos carbonizados cubren ahora amplias extensiones del Desierto de Atacama.

Más de 160.000 toneladas de ropa usada ingresaron a Chile entre 2015 y 2022, y las cifras siguen creciendo. La ropa viene del hemisferio norte, para terminar desechada en comunidades sin más acceso a vivienda que campamentos de pobladores o tomas de terreno. Iquique, Chile.

En 2021, la imagen de una gigantesca montaña de ropa usada se hizo viral y apareció en medios de comunicación de todo el mundo. Alto Hospicio fue retratado como uno de los principales vertederos textiles del planeta y un flagrante ejemplo de sobreproducción en la industria de la moda.

Hoy, esa enorme acumulación ha desaparecido, pero permanece en la memoria: en 2022, la montaña de ropa fue quemada por un incendio de origen desconocido. El fuego duró dos semanas y el humo se mantuvo presente incluso un mes y medio después de extinguidas las llamas. De todos modos, esta no fue la primera vez que la contaminación amenazaba la salud pública en Alto Hospicio, donde los residentes ya venían soportando más de 20 años de polución por desechos industriales, vertederos ilegales, plantas de tratamiento de aguas y más. Pero en lugar de marcar el fin del problema del desecho ilegal de ropa en el desierto, el incendio simplemente lo agravó.

“Desde que se quemó ese vertedero el problema empezó a crecer porque ya no había un solo vertedero grande, sino muchos microbasurales que empezaron a aparecer en los alrededores de Alto Hospicio”, me cuenta Ángela. A la fecha, la organización ambiental de la que es cofundadora, Desierto Vestido, ha identificado alrededor de 160 de ellos. “En algunos, la ropa permanece durante mucho tiempo, pero en la mayoría de los casos son lugares donde la ropa se tira y se quema rápidamente después de la descarga”, afirma.

Las tomas de terrenos o campamentos de pobladores, han sido una constante en la historia de Alto Hospicio durante las últimas décadas, producto del crecimiento demográfico y la escasez de terreno edificable en la ciudad vecina de Iquique. El Paso de la Mula es uno de los más grandes en la actualidad, una auténtica extensión de la ciudad construida con material ligero en la vasta extensión del desierto.

El fuego es la fórmula preferida cuando se trata de borrar la evidencia de la eliminación ilegal de ropa usada alrededor de Alto Hospicio, sin embargo, transporta vapores tóxicos a comunidades cercanas como El Boro y otras áreas vulnerables.

Alguna vez una estación de trenes y más tarde asentamiento agrícola, Alto Hospicio ha visto multiplicarse su población desde mediados de los años 80, principalmente por la extensa aparición de tomas de terreno y comunidades segregadas de la ciudad de Iquique en busca de soluciones habitacionales. Rápidamente se convirtió en la comuna de más rápido crecimiento en la región de Tarapacá. Pero junto al gran aumento demográfico de los últimos años, se producen la pobreza, inmigración ilegal y delincuencia, permaneciendo un duro estigma sobre esta comunidad. Alto Hospicio ha quedado bajo un velo de permanente abandono.

Hoy, las personas que habitan este territorio sienten que hagan lo que hagan, los vertederos ilegales se multiplican a diario y el humo de la quema de textiles y otro tipo de desechos y escombros se cuela en sus hogares y sus pulmones. Y como si eso fuera poco, cada vez que alguien llama a sus puertas ofreciendo ayuda o visibilidad a su problema, las etiquetas y las marcas escondidas entre los montones de ropa se vuelven más atractivos que el impacto que esto genera en las personas.

Los medios de comunicación a menudo retratan a Alto Hospicio como tierra de nadie, un lugar olvidado, y usan frases hirientes como “el vertedero del mundo” o “el cementerio de la industria de la moda rápida”. Personas como Ángela demuestran que es posible comunicar un mensaje mucho más fortalecedor sobre Alto Hospicio. En su búsqueda de telas y en el arte que crea con ellas, hace posible vislumbrar un panorama mucho más alentador del que los medios suelen mostrarnos.

Ángela Astudillo recoge a mano prendas del basural. Sus colores y texturas inspiran su trabajo de reciclaje textil, cuyo objetivo es llamar la atención sobre el impacto de la moda rápida en su comunidad.

En cada salida a explorar los microbasurales, Ángela recoge ropa desechada e imagina mochilas, bolsos y prendas únicas para confeccionar en su taller. En su visión, hacer ropa nueva a partir de textiles reciclados es activismo. Una acción que crea conciencia sobre este problema y promueve la educación ambiental en la región. Ángela quiere utilizar los textiles como una forma de arte para cambiar las perspectivas sobre el consumo de ropa y la gestión de residuos.

En su taller, Ángela da las últimas puntadas a una nueva creación utilizando prendas recuperadas de los microbasurales. La inspiración para esta pieza vino de su hija, Dominique. Iquique, Chile.

“Mi papá trabajaba con textiles y tenía un fuerte compromiso con el reciclaje, así que siempre lo vi como algo positivo”, dice. “Pero cuando me di cuenta de que la contaminación que producía la ropa usada se había convertido en un problema tan grande, que nadie se hacía responsable y que no había regulaciones para enfrentar este problema, me dije: tenemos que hacer algo. Entonces me enfoqué en eso y desde mi rol como artesana empecé a crear con textiles. Ahora estoy 100 por ciento en esto. Hago ropa, accesorios y educación ambiental desde este lugar”.

A partir de un problema, Angela se ha encontrado con una vocación: reencontrar a los habitantes con su desierto, por el que muchas veces solo transitamos, y que más personas vean cómo podemos transformar residuos en cosas impensadas. Su trabajo es prueba de que la ropa puede tener un significado distinto y necesario al contar la historia de un lugar, como por generaciones hicieron las antiguas artesanas textiles andinas, un mensaje que se puede transmitir con todo tipo de materiales, aún con los descartes. Después de todo, no hay nada más fértil que el rebusque en lo que está a la mano, sus posibilidades son infinitas. Además de su trabajo de upcycling, Ángela ofrece talleres para niños y adultos a través de organizaciones como Desierto Vestido, la Asociación Gremial de Economía Circular y Fundación Manito Verde. Gracias a su compromiso, cada vez más vecinos y artesanos textiles locales abren su imaginación y ven la oportunidad en estos materiales.

A medida que seguimos caminando hacia el norte por un sendero interminable de telas y escombros, el aire se vuelve irrespirable bajo el humo de las rumas quemadas. Detrás de un montón de ropa, dos recicladores aparecen y nos saludan. Van oscurecidos por el sol, el humo y su oficio mientras cargan en la espalda las planchas de material ligero que han recolectado y con cuya venta obtienen ingresos y la sombra que los protege de este clima hostil. Nuestro recorrido se dilata y el panorama se repite.

Un par de días después, visito el mismo microbasural junto a Jenny González, quien lleva más de ocho años como presidenta de la Junta de Vecinos San Lorenzo de El Boro. No puede dejar de toser. Sus pulmones no soportan el olor a plástico quemado del humo que llevamos impregnado en nuestra ropa. Está demasiado familiarizada con estas emanaciones que fluyen con el viento de la Pampa desde los basurales hasta lo alto de la población.

Izquierda: Jenny González sonríe cada vez que comparte sus sueños para El Boro. Desde un nuevo centro de salud familiar hasta un parque con juegos para los niños, todo forma parte de su visión para el lugar que ha convertido en su hogar.

Derecha: "Lo que necesitamos aquí es inversión. Podríamos tener un centro de reciclaje establecido donde los vecinos puedan trabajar", dice Jenny mientras visitamos un microbasural improvisado a sólo unos minutos de El Boro, el que seguramente será quemado no mucho tiempo después.

Jenny ha vivido aquí desde que El Boro era una toma. Trabajó en las ferias libres y ahora es líder comunitaria. Más que ropa usada, la lucha de Jenny es contra la basura importada que ingresa en fardos por el puerto sin un control estricto. Conoce los problemas de su comunidad y sabe que van mucho más allá de los residuos que la rodean. Al igual que Ángela, transmite sus sueños despierta.

"Somos una comunidad de inmenso sacrificio", dice. “Comenzamos como una toma alejada del centro de Alto Hospicio. Estamos rodeados de vertederos y cargamos con el estigma social de ser tratados como una zona de sacrificio. Hay mucho que mejorar, pero los que estamos aquí amamos este lugar”.

La Quebradilla, una de las ferias libres más grandes de Chile, existe gracias a la enorme cantidad de productos usados que llegan a esta región. Cientos de residentes de Alto Hospicio encuentran aquí su sustento revendiendo lo que entra por el puerto, parte esencial de la economía local.

Como muchos hospicianos, Jenny solía ir a buscar fardos de segunda mano a la Zofri para revenderlos en las ferias libres en Iquique y Alto Hospicio. Existe una verdadera economía en torno a lo que entra por el puerto y termina desechado en las afueras de la comuna. La ropa descartada, así como los desechos que contaminan el suelo y luego cubren a las comunidades cercanas con los vapores tóxicos de sus quemas son simultáneamente un sustento para cientos, sino miles, de personas. Jenny conoce los impactos que se han producido en su comunidad y, para ella, la solución está en el propio centro del problema.

“Aquí no tenemos un centro de gestión de residuos y lo necesitamos. Lo que más necesita El Boro es empleo”, afirma. "Si tuviéramos instalaciones adecuadas donde pudiéramos recibir y clasificar la ropa, eso podría ser una fuente de ingresos para las personas que actualmente tienen que trabajar en condiciones deplorables en los basurales". Si esta visión se hiciera realidad, personas como Ángela y otros recicladores textiles no tendrían que aventurarse en vertederos ilegales y arriesgar su salud entre el humo, las plagas y los residuos insalubres.

¿Químicos permanentes? ¿Y qué pasa con la ropa? Las telas sintéticas se conservan mejor en las condiciones del desierto, pero su lenta degradación también produce gases de efecto invernadero. La diseñadora de vestuario y activista, Francisca Gajardo, recoge un pantalón para cambiar su destino con hilo y agua.

Mientras tanto, para Francesca Hidalgo, parte de la solución comienza con la educación. Francesca es profesora en la Academia Santa Laura, un colegio de enseñanza básica ubicado frente a la Junta de Vecinos San Lorenzo. La mayor parte de sus estudiantes viven y crecen en los campamentos de pobladores de El Boro y provienen de familias migrantes. Desde la sala de clases, los alienta a ver que tienen el poder de cambiar su mundo.

A través de la educación, Francesca Hidalgo ayuda a sus alumnos a ampliar sus perspectivas y ver más allá de la aridez que los rodea. La mayoría de los estudiantes viven cerca de El Boro y se ven afectados por vivir rodeados de los descartes del mundo.

“Estos vertederos clandestinos degradan el medioambiente, sí, pero también afectan el pensamiento de los niños porque normalizan la práctica ilegal de botar residuos en su entorno, como si por su origen humilde y la precariedad de sus barrios merecieran vivir rodeados de esos desechos”, afirma Francesca.

Sus alumnos escriben artículos de opinión y crean infografías, carteles y reportajes sobre reutilización, reciclaje, cuidado del desierto y del mar; también aprenden sobre la flora y fauna nativa. “Fomentar la lectura es la herramienta que amplía la imaginación y el conocimiento del mundo”, afirma. “Los niños crean en todo momento, más allá de lo que pueden ver y tocar. Están constantemente regenerando sus relaciones con las cosas cotidianas”. Para facilitarlo, organiza salidas al aire libre, para que puedan experimentar y nutrirse de otros entornos y estimular sus sentidos a través del juego. La oportunidad de experimentar diferentes paisajes les muestra que el desierto también es parte de algo más grande.

Tanto Ángela como Francesca son la primera generación universitaria de sus familias y ambas ven la educación como una herramienta para generar conciencia, movilizar la creatividad y ayudar a que más personas vean el potencial de los residuos. Lo que buscan es que las personas reconozcan su propio ingenio y sean capaces de crear con sus propias manos, porque de una pequeña artesanía puede llegar a surgir la habilidad de un oficio. Así, dicen ellas, todos pueden convertirse en agentes de cambio para su comunidad.

“Hasta el lugar más abandonado puedes volverlo hermoso con lo que tienes a mano”, afirma Ángela. Estamos en su taller de Iquique, que comparte con un grupo de artesanos y emprendedores que también trabajan en la reutilización de textiles y otros oficios. Su facilidad creativa llena la habitación: ha tapizado el techo y las paredes con retazos de mezclilla de pantalones que ha encontrado en los microbasurales. Guarda herramientas, tijeras, huinchas de medir e hilos en lo que solían ser bolsillos traseros. Otros suministros como botones y broches también se almacenan, reutilizan o venden como parte de su negocio. Mientras hablamos, corta trozos de tela que luego une con alfileres para probar tonos y combinaciones. Dedica gran parte de su vida a este oficio mientras estudia Derecho por las noches. Aspira a continuar su activismo a través de la ley.

Los microbasurales pueden parecer pequeños parches de desechos en la inmensidad del Desierto de Atacama. Sin embargo, su impacto cala hondo en el territorio y la comunidad.

Francisca y Ángela dejan volar su imaginación luego de recolectar prendas del microbasural. El reciclaje textil es a la vez arte y activismo, un ejercicio que valora la creación de prendas únicas y llama la atención sobre el impacto en su comunidad. Iquique, Chile.

Hoy está trabajando con Francisca Gajardo, diseñadora de vestuario y activista del upcycling con quien ha hecho dupla para un concurso de diseño a partir de reciclaje textil. Juntas vuelcan su identidad e historias en cada puntada, de la misma forma que las antiguas artesanas textiles andinas desde las alturas de este mismo territorio tejieron sus historias en fajas tradicionales donde quedaron plasmados suris, llamas y queñoas. Cuando la ropa se transforma en un mensaje porta un imaginario, trasciende su significación, su origen y su viaje, su búsqueda.

Francisca es iquiqueña y ha viajado a diferentes países estudiando, enseñando su oficio y promoviendo una contracultura del vestuario como activismo ambiental. “Las marcas tienen que asumir su responsabilidad, tener su propia trazabilidad, implementar pasaportes digitales, lo que sea necesario para conocer el recorrido que sigue su ropa. Y después, deberían poder recuperarla para volver a trabajar con ella”, afirma. “Pero también la industria tiene que reducirse. Estamos al borde de la extinción con la crisis climática y hay marcas que siguen sacando hasta 52 colecciones al año. Es estúpido".

Gran parte de lo que sale de los microbasurales son prendas con poco o casi ningún uso, resultados fallidos de donaciones que pretendían ser un descarte "sostenible" o responsable. Son un recordatorio para pensar dos veces antes de comprar algo nuevo, y quizás pensar tres o cuatro veces antes de desprenderse de una prenda. Iquique, Chile.

Unas semanas más tarde, ayudo a Ángela a mudarse a un nuevo taller. En cuestión de días transporta su presencia. Parece una metáfora adecuada para el mundo que ha creado a través de la ropa y el activismo: un mundo fundado no en telas, ni en costuras, ni siquiera en el acto de creación, sino en la práctica constante de aventurarse en el desierto para buscar, encontrar, recoger y rescatar. Sin esos viajes, la obra de Ángela sólo existe a medias; su valor reside en la transformación.

Pienso en esto durante mi último viaje a Alto Hospicio investigando para esta historia, mientras camino con Jenny buscando microbasurales textiles en las afueras de El Boro. Intentamos fotografiar a un par de pequenes sobrevolando a nuestro alrededor antes de posarse en un árbol que sobresale de los escombros. Sopla aire fresco en la Pampa. Es fácil perderse en el desierto. Inconscientemente olvido levantar la mirada del suelo, olvido respirar profundamente. Me pierdo en estos extensos rastros de ceniza, observando un remolino que se viste de bolsas y retazos de tela que levanta del suelo mientras gira en el aire. También olvido que, a medida que nos alejamos, todo esto sigue siendo una parte de la tierra bajo un intenso y despejado azul, detrás de los cerros que brillan de ocre en distintos tonos al mediodía, anaranjan y empurpurecen una vez que se pone el sol. El color del desierto inunda cada ventana, estés donde estés.

Ángela, Jenny y Francesca, cada una por su cuenta y en torno a su comunidad, han encontrado una visión similar ahí donde el resto del mundo ve desperdicio. Donde la mayoría de nosotros vemos una aridez infinita, ellas encuentran una profunda conexión con la fertilidad del territorio. Con sus historias y sus manos, transitan el desierto, como remolinos, levantando más que polvo de la tierra, y aunque sus esfuerzos por momentos se deshacen, vuelven a su trabajo, vuelven a su oficio, vuelven a mover y a crear. Siguen rebuscando formas de que más personas sientan y vean este lugar con una nueva perspectiva, se vuelvan parte de él y adquieran las herramientas para transformarlo, así como a su propia realidad.

Perfil del Autor

Franco calderón

Nacido y criado en Iquique, Chile, Franco es escritor, artista audiovisual y publicista. Sin embargo, la poesía es el lenguaje que acompaña constantemente su visión y obra. Las organizaciones sociales y las comunidades rurales alimentan su imaginación y aprendizaje además de definir su pertenencia al territorio.