El espacio entre los copos de nieve

Carston Oliver | min de lectura | Snow

Ausencia y equilibrio en Japón.

El espacio entre los copos de nieve

Todas las fotos por Garrett Grove.

Es tu primera visita a Japón y tu único propósito es esquiar.

Mientras sigues las historias de nieve polvo increíblemente honda y terrenos divertidos, todo lo demás es un extra: un baño cultural para lo que esperas que sea el viaje de esquí de tu vida. No sabes muy bien lo que se viene. ¿Tal vez un buen sushi para cenar?

Luego llegas a la estación de Tokio, que es el palpitante corazón de la red ferroviaria de esa gran ciudad. De inmediato te ves arrastrado por un huracán de sonidos, olores y movimiento. Compras un boleto de metro en la máquina expendedora antes de lanzarte al río de personas, apretando frenéticamente tus bolsas de esquís, que ahora parecen gigantes, mientras pasas por los estrechos torniquetes. El pequeño ticket está lleno de números sin etiquetar y de letras japonesas, así que, en un acto de fe y desesperación, se lo muestras a un desconocido que parece amable, esperando que te indique cuál es la plataforma correcta.

Lo hace. Por fin llegas al shinkansen. Las luces de la ciudad se desvanecen mientras el tren bala se desliza hacia las montañas cubiertas de nieve a una tranquila velocidad de 280 kilómetros por hora.

A la mañana siguiente, te abasteces de bocadillos con etiquetas enigmáticas (estos resultarán fundamentales) de una tienda de comestibles que, para tu sorpresa, está bien surtida. Le vas pasando dinero al vendedor hasta que se ríe y te indica que es “suficiente”. Llegó la hora de esquiar.

Para alcanzar el suelo con su sonda de 320 centímetros, Carston Oliver tuvo que tumbarse boca abajo en el fondo de una calicata y extender por completo sus brazos hacia abajo: la profundidad total fue de unos sorprendentes 6,7 metros. La semana subsiguiente cayeron otros 4,5 metros de nieve, una cantidad exorbitante, incluso para veteranos del powder japonés, como Leah Evans y Carston.

La nieve polvo es tan increíble como dicen, y el total de tormentas es ridículamente superior a lo que cuentan. ¿Puede que sea demasiado profunda? Para nada. Te adentras en esa niebla blanquecina en busca de más y luego te sumerges en la tibia paz de un onsen, donde la calma relajante supone un cambio dramático tras varios días de frío y movimiento constante. Ni siquiera es un lujo, pues en muchos de estos pueblos de montaña es un ritual de cada día.

Al volver de la montaña, señalas platos al azar en menús que no logras comprender y esperas que suceda lo mejor. Todo parece demasiado denso y complicado: el idioma, la cultura, las reglas y las formalidades, pero la amabilidad y hospitalidad de los residentes compensan pronto esa sensación. Los desconocidos a menudo se muestran muy dispuestos a ayudar, sobre todo si te atreves a pronunciar las pocas palabras que sabes en japonés o si muestras curiosidad por aprender algunas nuevas.

Para el último día, el clima se despeja, así que randoneas hasta pasada la línea de los árboles y te encuentras con cumbres en todas las direcciones, cuencas alpinas y crestas fantásticas dispersas alrededor. ¿Esto también estaba aquí?

Cuando el viaje llega a su fin parece aún más surrealista al recordarlo desde casa, como si hubiese sido un sueño. Tratas de contárselo a tus amigos, pero cualquier descripción precisa de lo que viviste se siente como palabras de adorno sin ninguna trascendencia. ¿Fue real? No puede haber sido tan bueno.

Una semana entera de powder significa volver a trazar cada mañana una línea cubierta por más de medio metro de nieve recién caída, pero, fuera de los flexores de cadera destrozados, nadie se llegó a quejar por dar una vuelta más. Leah presenta evidencias bastante convincentes.

Regresas al año siguiente, pero dedicas tiempo extra a explorar un poco entre sesiones de esquí, además aprendes algo de japonés de antemano. El clima está despejado cuando aterrizas y te aventuras en un viaje por carretera con un amigo de un amigo. Su inglés es mejor que tu japonés (aunque eso no es decir mucho), pero él es ese puente que te conecta con experiencias mucho más enriquecedoras de las que jamás hubieses encontrado por tu cuenta. Lo sigues hacia montañas de las que nunca habías escuchado y subes por una con tus pieles a través de bosques de buna perfectamente espaciados. Al llegar a la arista, te recibe una pared de torres que parecen salidas de Alaska.

Un Jalaskapón que luce demasiado bueno para ser real y, sin embargo, lo es. La nieve está crujiente, horneada por el sol, pero siempre se puede volver al año siguiente.

Con cada viaje, te das cuenta de lo mucho que queda por explorar. Te sientes guiado por las tormentas y por tu propia curiosidad, moviéndote a lo largo del país de manera más autónoma a medida que te familiarizas con los ritmos, los modales y el idioma. También comienzas a sentirte más atraído por las interesantes curvas de nivel que por los grandes centros de esquí de fama internacional.

Es tan bueno que hasta los autos sonríen. Leah resume los ánimos del día mientras desentierra la van para tomarse un descanso y almorzar al final de la mañana.

Las líneas hondas y empinadas te siguen llevando lejos de los caminos más concurridos. Cada vez vas conociendo más tanto de los paisajes del lugar como de la cultura de su gente. Preguntas a los residentes por sus restaurantitos predilectos, mientras les explicas cómo terminaste allí, en ese pequeño pueblo, en pleno invierno. A veces te encuentras con otros extranjeros; en todo caso, son una señal de que te estás acercando demasiado a las comodidades de ,os centros de esquí y ciudades turísticas.

A estas alturas, ya tienes las palabras para esos conceptos que tanto te costaba articular durante los primeros viajes, además logras apreciar la importancia del espacio negativo, de la ausencia que crea un equilibrio dentro del todo. Lo encuentras en el arte, en la arquitectura y en la música, en la cadencia del diálogo y en los ritmos de lo cotidiano. Lo observas en las amplias hileras que se forman entre los árboles y lo sientes en la consistencia esponjosa de la nieve recién caída; en ese espacio flotante entre los copos de nieve que te hace sentir como si volaras.

Las entradas empiezan a aparecer por todos lados, puertas y puentes torii que marcan una línea entre lo mundano y lo sagrado. Sin embargo, el simbolismo parece reflejarse en transiciones más sutiles: túneles kilométricos que te separan de las grandes tormentas costeras y ventiscas implacables, o entradas a pequeños restaurantes que sirven de refugio a no más de cinco personas, un microescape para el frío que hace afuera. O incluso escalar más allá de la línea de los árboles, lejos de los bosques y hacia un mundo alpino de cuya existencia no tenías certeza.

Botas, esquís, bocadillos y mochilas. Encontrar la tuya puede llevarte un buen rato.

Entonces, durante cierto año, mientras revisas el mapa, lo ves muy claro: una zona que te recuerda aquellas crestas jalaskaponesas de tu primera visita. Con suerte, estarán más frías, tal vez incluso serán un poco más grandes y remotas, pero el clima puede ser muy cambiante y las montañas suelen decidir por sí mismas. En realidad, son solo una excusa. Sabes que igual será genial, ya sea que haya nieve o no.

Desafortunadamente, la respuesta de las montañas es fuerte y clara: “No”. Las temperaturas subieron unos días antes de tu llegada, dejando como resultado montones de peligrosas grietas abiertas y restos de avalanchas en todas las laderas, por no mencionar el agua que terminó llenando los barrancos. Está bien, no hay problema. Existen otras opciones.

Luego, un amigo te envía una foto que redefine tus planes: se trata de aquella cara jalaskaponesa de hace tiempo, con la que comenzó tu búsqueda de toda una década. “Está en condiciones decentes”, afirma. “Además, se avecina una tormenta monstruosa. Puede que el tiempo se despeje justo antes de tu vuelta a casa”.

Te toma menos de diez minutos cargar todas tus cosas a la van y unas seis horas completar el viaje.

Los Alpes japoneses cuentan con una gran cantidad termas que, a menudo, mantienen los cursos fluviales abiertos a lo largo del invierno. Si bien muchos de los ríos grandes se pueden cruzar a través de puentes para excursionistas, los arroyos más pequeños pueden llegar a convertirse en abismos difíciles de superar, como descubrieron Leah, Sakeus Bankson y el resto del equipo tras fracasar muchas veces al intentar explorar una zona nueva.

El tramo final culmina con una serie de túneles. Cada uno revela un mundo más blanco que el anterior. Los bancos de nieve se elevan hasta por encima de la van, hasta llegar a las copas de los árboles que conforman el bosque de buna por delante. Luchas alegremente por abrirte camino a lo largo del sendero, en el que te hundes hasta la cintura, y no dejas de reír mientras rebotas por las amplias hileras entre los árboles. Ya en la parte baja, un exhausto kamoshika (una combinación entre cabra y antílope del tamaño de un perro, originaria de Japón) te observa en silencio mientras te pones tus pieles, luego se aleja hacia su profunda trinchera.

A la hora de la cena, escuchas al dueño del restaurante conversar con tu amigo local en japonés; comentan lo alocado que resulta el que estemos esquiando ante una tormenta tan grande. Al día siguiente, llegan otros amigos. Intercambias saludos y abrazos con ellos antes de que cada uno tome su propio camino sobre pieles a la zona donde pasará el día. Ya conversarán de cómo les fue cuando caiga la noche, en el onsen. Parece que ha pasado mucho tiempo desde que los conociste, allí mismo. Han cambiado tantas cosas, pero al mismo tiempo casi ninguna.

A comienzos de la semana, bajo cables de electricidad aéreos.

La tormenta sigue arreciando. El pueblo se paraliza y los días se confunden. Ya pasó una semana desde la última vez que viste el sol. A veces la nieve es tan profunda que casi te cubre por completo mientras te deslizas cuesta abajo, entre una masa turbulenta de nieve suelta. Por la noche escuchas un fuerte estruendo y, al despertar, descubres que una avalancha descomunal enterró el valle entero.

Notas que el deslizamiento comenzó miles de metros más arriba, en la cuenca junto a aquellas torres.

Sigue nevando durante tu último día allí. De repente, un local detiene tu ascendente deslizamiento. Afirma haberte visto en hace ocho años, luego se presentan y se sacan los esquís. La conversación dura menos de diez minutos. Tú también lo recuerdas con claridad. Te choca los cinco y luego continúa su camino.

Carston se precipita por un claro entre los bosques de buna hacia otra de las innumerables aguas termales de la zona. Al día siguiente, ese mismo fondo de valle amaneció enterrado en casi cuatro metros de nieve a causa de una avalancha, resultado de un deslizamiento natural en la parte alta de la cuenca.

Esa breve interacción es un regalo perfecto e inesperado; el broche de oro para un viaje de ensueño. Sí, fue así de bueno... Incluso, tal vez, mejor. No obstante, cuando te preguntan al respecto al volver a casa, ni siquiera tratas de explicarles. La descripción más precisa que puedes dar es no dar ninguna en lo absoluto.

Cayó tanta nieve y tan rápido a comienzos de ese enero que hasta los pueblos de montaña más acostumbrados de la zona se vieron forzados a detener su actividad, dejando las calles escalofriantemente vacías (tan pronto como los locales apagaron y guardaron sus quitanieves).

Perfil del Autor

Carston Oliver

Carston Oliver bajó fuerte y derecho la pista para principiantes de su ciudad natal, Salt Lake City (Utah), el primer día que se puso los esquís. Desde ese momento, se enamoró del deporte. Afirma que los acantilados de Wasatch le proporcionaron una educación integral “en cinemática humana y en física gravitacional”.

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